domingo, diciembre 31, 2006

they can't take that away from me

la pampa tiene el ombú. dicen. en el campo las estrellas en el cielo las espinas... declaman, en parafenalística versismo criollo.
la pampa no está en el mapa. yo la conozco, pero porque fui testigo casual, porque me tocó digamos, por fuerza mayor. y todas las memorias que tengo se sitúan en el medio de la mejor llanura pampeana, el paisaje de mis emociones.
en una radiografía de la pampa, una reactualización, encontraríamos que le han crecido algunos montes, por lo que esa linea recta, ese horizonte marino, se va interrumpiendo: parecen grupos de gente saludando. un grupito de árboles aquí y otro más allá en el medio de una hoja lisa como el papel, recta como la escuela primaria, eterna como la conciencia del crimen. toda de tierra, marrón. algunos subeybajas tiene que haber, pero sólo son perceptibles en la cercanía. visto en profundidad es todo así y así, y ya.
pero el detalle mejor no está en el campo, ni en el arbolito que adorna la pradera. lo mejor sucede cuando se mira hacia arriba. a mi se me estremece el escroto, que es como decir me da piel de gallina me da. no me olvido de un sólo color: en otoño hay un olor embotado antes de llover y el cielo se pone exclusivamente marrón, pero de otro tenor, diverso al marrón del terruño. en invierno es gris, es tan gris que explota y todas las nubes del cielo se retiran pero dejan ese aire congelado, y entonces brilla el sol hasta el hartazgo y todo es puro autoconvencimiento. en primavera llueve y se hace eco de tambores en los techos de los caseríos, y el primer olor que se siente es el único olor que supera al perfume de dios, y será porque él lo habrá querido así.
el verano me hace llorar. rosso di sera... en el verano en sus inicios, si uno sabe prestar atención, la pampa húmeda es un festival: en el horizonte ese chato y longo, con algunos arbolitos que saludan, con el aire lleno de calor y de desnudez, se pone el sol a eso de las 8 y media casi 9. es un espectáculo de media hora. el naranja no lo pudo describir ni soares. va pasando por todos los matices, en una total entrega, que te hace llorar de la emoción. y si uno va caminando por el poblado, donde por ahi pasa la gente y lo ve a uno hecho un pelotudo mirando el horizonte... queda mal.


El único que puede ver la ciudad es el extranjero (N. Rosa dixit). volver de un largo viaje es también la posibilidad de ser por unos instantes extranjero en la propia tierra. lo que se dice la época de adaptación. mirar la casa desde afuera, ver el color, ni martín fierro. gracias aptra.

sábado, diciembre 30, 2006

el año que se va

todos los recreos del 1988, todas las tardes de 1992, todas las noches del 1998, todos los mates del año.


jueves, diciembre 28, 2006

dicen que viajando se fortalece el corazón

esn época de viajar. todos emprenden un viaje. yo voy en un largo viaje a no sabemos todavía. pero todos los demás van de vacaciones, y yo esa vaca para mi todavía es un ternerito.

un amigo me dice: hace tanto que no viajo que ya me acostumbré, y la verdad es que no me dan ganas de viajar.

martes, diciembre 26, 2006

a martos

Lo vi salir con un libro de formato pequeño. Me llamó a su lado, y mientras lo escuchaba leí el lomo del libro: Así se templó el acero. Nicolai Ostrowisky.
-Bueno, mi niño. Este libro lo tienes que leer tú mismo, pero antes de entregártelo quiero de ti dos promesas.
-Las que quiera, Tata.
-Este libro será una invitación para un gran viaje. Prométeme que lo harás.
-Lo prometo. Pero, ¿adónde viajaré, Tata?
-Posiblemente a ninguna parte, mas te aseguro que vale la pena
-¿Y la segunda promesa?
-Que un día irás a Martos.
-¿Martos? ¿Dónde queda Martos?
-Aquí -dijo golpeándose en pecho con una mano.


Patagonia Express, Luis Sepúlveda. TusQuets, Barcelona, 1997.







los libros de viajes tienen esos secretos y una emoción muy profunda que es la emoción de que se mueve todo el tiempo, del que no se puede estar quieto. hay varios tipos de hiperkinesis, la mental es una de las más sufridas. es un cuerpo que se mueve normalmente pero donde reside una mente que no puede estar quieta, el pensamiento insoportable, imparable. el lector es una mente inquieta. el viajero, en cambio, es un borracho.


pero es lindo viajar, y no es nada que ver que leer libros de viajes, que también son lindos. yo prefiero ambas cosas. el libro de sepúlveda es especialmente lindo. voy a dejarme de joder y voy a mandar al carajo a todos los críticos literarios del orto. voy a empezar a calificar la literatura en me gustó y no me gustó, es lindo o es feo. y basta. después, todo lo otro, todo lo que hay y lo que se esconde, me lo dejo para mí que no tengo ni idea de nada.


otra cosa: el registro de anécdotas me gusta, más de lo que me interesa. debería ponerme a registrar, hace rato que lo pienso, las anécdotas de mi abuelo, que tiene mil. cada vez que lo veo me cuenta una, o me repite cien pero con nuevos detalles. me encanta escuchar las historias repetidas de mi abuelo. siempre me hacen reir, desde el principio.
siempre me repito esta propuesta, como las proposiciones que uno se hace al comenzar un nuevo año. después se cumple lo que se cumple...



viajar y leer son verbos preferidos. es una estupidez decir viajar y leer es lo mismo. viajar es viajar, y leer es leer. punto. la gente inteligente lee entre líneas, los como uno leen los carteles de ofertas de los supermercados. pero leer un libro es para todos igual. antes, mucho antes, leer un libro no era cosa para cualquiera. a mi los libros me despiertan (si estoy despierto y no me duermen) ciertos neurotransmisores que yo no sé cómo se llaman, pero que algunos saben como se llaman, mientras yo llamo a todos por igual: adrenalina. me gusta la adrenalina de los libros y de los viajes en tren o viajes con amigos, o los viajes esos que uno va sólo mirando el campo en bus, pero escuchando música.

cuando pienso en adrenalina me acuerdo de pulp fiction y de esa peli en la que actuaba el mismo que se moría en ghost (peli que no recuerdo bien porque la vi media vez, pero la música masomenos y bueno, le gustaba a mi hermana...) pero en la peli que digo hacía de lider de una banda de ladrones que se ponían mascaras con caras de presidentes americanos, y robaban eran re top, y después se iban a hacer surf, y un policía se les infiltra y lo apresan pero antes lo descubren y lo tiran en paracaidas para joderlo. y cuando aterrizan el tipo declara: "nada me generó más adrenalina en mi vida". y yo cuando escuché eso dije guau. adrenalina.

el amor genera adrenalina? o estupidez? será lo mismo? a mi me gusta el amor y el vino (como kayam) y viajar y leer y escuchar algunas músicas. pero a veces me gusta la cerveza. no es que esté escribiendo esto que debería escribir en mi perfil, no me interesa el perfil, mañana voy a pensar que esto es una estupidez, y no me importa sinceramente, no. es que no voy a escuchar toda la música todo el tiempo, ni a leer todo el tiempo, ni a viajar todo el tiempo, aunque sea lo unico que haria...
tampoco amaría todo el tiempo, aunque lo preferiría, pero la verdad es que no puedo definir el concepto, y eso es grave. pero juro por mi mano derecha que al adrenalina me encanta.


el viaje, a pesar del viaje, es algo que realmente... es como un viaje de ida. uno no sabe bien cuando es que empieza a volver, pero existe un punto de inflexión. el tango es un punto de inflexión: gardel cantando adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos. es un punto. llegar es una cosa, y después volver es otra cosa. cuándo se llega al lugar posta? al lugar definitivo?

llego, como sea pero llego. para las fiestas llego. llego justo. llego para llegar. quiero emborracharme al llegar, y amar con todo. y hacer un fuego de esos que hacíamos en otros veranos y cantabamos canciones. y saludar a la luna, y esperar el día, porque el día llega también. todo el tiempo está llegando el día, todo el día está atardeciendo. el crepúsculo, el tramonto, es ese pedazo de luz que se va corriendo constantemente, indefinidamente. o que está siempre en el mismo lugar y nosotros nos vamos corriendo, si lo pensamos a la copernicana (que ni que fuera una heladería). yo llego, como sea.

lunes, diciembre 25, 2006

noche de paz noche de amor

aunque la maja desnuda cobre quince y la cama
aunque la maja vestida no se deje besar


la flaca se desnuda con cualquiera
con cualquier idiota menos conmigo
le di el primer piropo cuando era
conocido, amigo de un enemigo

antes de ir a esconderme en una esfera
para la eternidad, tomo y obligo
le pido que me quiera aunque no quiera
reniega escapa pero no la sigo

arroz con leche me quiero casar
con esos ojos que miran así
sus manos cuchillito que no corta

"maja vestida", digo por jugar,
"nunca te vas a enamorar de mi"
"nunca", dice. sonríe, y ya no importa.

sábado, diciembre 23, 2006

rompo todo

pocas cosas me sacan en el mundo. son muchas. la mala sangre no tiene sentido, pero uno no elige (mentira) (verdad anticapitalista) (las bolas) (no importa), digo que uno no elige el ánimo diario y ya uno se levanta (uno busca lleno de esperanzas) (viste cómo cada vez más los que escriben blogs se parecen entre sí en su modo de escribir, parecen una secta de la retórica ciberespacial) (gracias sigmundo, gracias jacks) (sí).
digo no, no, no tiene sentido.
la cosa es que vivo en un pueblo, un grupito de casas perdido en pronvincias, lo que se dice en el medio de la pampa húmeda, y es un pueblo, y que no me vengan con los aires de ciudad que se dan los que viven acá. es un pueblo. punto.
si, es cierto, acá los chacareros gozan de la buena vida y se pueden ir de vacaciones a lugares caros (mersada). es cierto que acá tenemos una calle del centro que casi llega a las 10 cuadras de chucherías, y es verdad que hay una plaza de 4 manzanas (nota al pie, las cuadras son más cortas comparadas con una ciudad normal como Rosario por ejemplo). es verdad que es un pueblo que tiene más de cien años y que casey cuando lo fundó ni se imaginaba que iba a haber gente interesada en vivir en el medio de la pampa. húmeda pampa: todo llano, ni una montaña tenemos, ni un río. nada, un horizonte... tonto.
y tenemos una librería. de lo más insólito: hay una librería en el pueblito. y hay como 4 casas de música, donde, como corresponde, se hacen el mes vendiendo discos de cumbia, y preguntas por un disco de fandermole te miran con cara "de dónde saliste pibe" y ni me animo a preguntarles si tienen el disco nuevo de drexler, a lo mejor nunca escucharon drexler. y voy a la librería del pueblo y les pregunto por un libro que se me antoja leer ya, como diciendo ya ya. lo recomienda lala, o no lo recomienda, dice que le gusta y punto, y a mi me gusta leer cosas que a la gente le gusta (nota aparte: dije "hace mucho que no leo un libro de esos que no queres terminar nunca, un libro de esos que te dejan sin poder hablar por una hora, un libro de esos que se apoderan del día de manera que no puede uno hacer más nada que leer, dije y dije, tal vez ese sea uno de esos libros ojalá, te ando buscando..." decía).
entonces no tenían el libro de haruki murakami. obvio. lo encargo dije, te lo traemos me ofrecen. mi amigo luigi siempre encarga y siempre le traen. y digo por qué a mi no. eh? entonces lo encargo y como para que sepan el interés que tengo en leer un libro ya, les digo: "ojalá me lo traigan pronto así este fin de semana tengo algo para leer" (como si no tuviera) y les digo "te dejo una seña", sí.
y pasaron los días y se me van las ganas y el libro no llega, y yo que soy de pueblo viajo a rosario y tengo el libro en mis manos en El ateneo, librería de ciudad, y digo "para qué... digo, si me lo traen en la librería de mi pueblo". y así llego al pueblo y me dicen, "todavía no se consigue". y yo: "jubilate". y yo para mi, qué boló yo.
para algún interesado: hay lugares en el mundo que todavía se pueden explotar o existe un mercado por crear o al menos interesar. no todos en los pueblos leen brown o coeyo.
por mi parte, o abro una librería o me voy al carajo. viví demasiado tiempo en este pueblo perdido en el medio de la pampa, encima húmeda. elijo la segunda opción, otra vez.

tiro porque me toca

"El cuento de navidad de Auggie Wren"

Paul Auster, Smoke & Blue in the face, Editorial Anagrama.


Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.
Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Au-ggie.
Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
"Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
"Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
"La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
"—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
"Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
"—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
"Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
"Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
"—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
"No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
"No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
"Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
"—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
"Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
"Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.
"No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

lunes, diciembre 18, 2006

one week

discovery

en el mundo de los blogs hay como subgrupos, comunidades, que reproducen pequeñas sociedades, como si fueran ciudades virtuales, pueblos chicos infiernos grandes. y así.
estan los chicos de letras de la uba, estan las chicas que titulan sus post en inglés así como hay otro que titula en francés... y así sucesivamente.
no vale la pena detenerse en esta observación tan lógica y burda...

domingo, diciembre 17, 2006

Me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78

Se me apagó el motor del deseo.Hoy es domingo y lo único que se me ocurre que tengo ganas de hacer a las cinco de la tarde (los domingos empeoran con las horas) es escuchar el disco de chet otra vez y sentarme a leer a paul auster, El libro que no tengo acá porque esta en rosario. Mi biblioteca no existe más en su totalidad, está toda repartida en diferentes lugares del mundo. Yo estoy repartido en diferentes lugares del mundo, eso es desorden. Yo soy la carne del desorden. No tengo un espacio donde ordenar, soy el desorden espacial que desordena el orden temporal (guau, no sabía que podía pensar una cosa así). El tiempo pasa lento o rápido, indistinto. Vienen las fiestas de fin de año, si se les antoja venir. Yo estoy, no sé en dónde estoy porque no tengo espacio. Pero estoy dándome una vuelta. Tengo que acomodarme?



Pase, acomódese por aquí. Póngase cómodo, siéntase como en su casa. Es su casa. Pero no es su casa. Haga de cuenta, pero no. Su casa no existe. Usted no tiene casa. Haga de cuenta como que ahora esta casa es la suya, pero recuerde que después deberá hacer de cuenta como que no, es decir, entienda, usted siéntase cómodo como en su casa. Pero no es su casa. Ponga sus cosas por aquí, si quiere puede usar el armario. El control remoto está ahí, úselo como mejor le parezca. Pero no lo rompa, no es suyo recuerde. El armario si, haga de cuenta que es suyo. Se lo regalamos, consérvelo. Pero lo va a tener que dejar cuando se vaya. A dónde lo va a llevar. Además está encastrado a la pared. Si, ese es un quijote del año 1784. En el siglo XVIII sólo se hicieron diez ediciones del Quijote, no era como ahora que lo editan quizás tres editoriales el mismo año, y sin contar en otras lenguas. Mírelo pero por favor, tóquelo sí, es la reliquia de la familia. No se preocupe, lo quiere leer, ojeelo sin más. Póngalo luego por favor en la vitrina. El bisabuelo de mi abuelo lo compró. Seguramente no lo leyó, no sabían leer en esa época. El abuelo de mi bisabuelo, que es la misma persona casualmente, trabajaba en el campo. Pero una vez viajó a la ciudad, una sola santa vez. Y trajo varias cosas en ese viaje que duró doce días. Un candelabro, una pipa, una brújula robada y rota que actualmente está en posesión de un primo que le dice a todo el mundo que perteneció a un pirata que había sido amigo y luego enemigo mortal de barbinegra el bucanero, lo que es una mentira rotunda pero una vez le creyeron y le hicieron una nota en la revista viva, y trajo un libro. Eran cosas exóticas y las trajo para mostrárselas a sus hermanos. Sólo para mostrárselas, para regalarles trajo un invento muy moderno: una sartén. Tenía ese hombre ancestro mío buen hombre debe haber sido, tenía decía una hermana que no le prestaba a ningún gaucho. Esta hermana que por error de la naturaleza habían creído retrasadita al nacer la habían mandado a un instituto porque pensaron que lo era. La criaturita no tenía dos años todavía. Pensaban que era mentalmente inferior. Resulta que la mandan y la crían hasta los diez años unas monjas. Como no resultó retrasada sino muy normal, y la familia no tenía dinero para pagarle a las monjas, la llevan de nuevo al campo, a que trabaje. Todos trabajaban. En esa época, todo el mundo, nada de joda nada. Resulta que a los quince la retrasadita tiene unos pechos grandes así y una cintura y unas caderas dignas del infierno de alighieri. La cosa es que viene a una estancia vecina unos ricos ingleses que se ponen a buscar institutrices. Y entre los gauchos usted puede imaginar lo que encuentran, entre ellos el abuelo de mi bisabuelo que casualmente es el mismo bisabuelo de mi abuelo. Era bruto, cuentan, pero buen mozo. La cosa es que estos ingleses ricos andan buscando por el rancherío porque no tienen tiempo de irse hasta la ciudad cercana, que en realidad no existía una ciudad como la conocemos nosotros. Y charlando con la familia de mi pariente resulta que la retrasadita sabía leer y no había dicho nada. Porque a quién le podía importar, claro, que la retrasadita que la habían mandado con unas monjas, supiera leer o no. Para qué servía leer en el medio del campo.
La retrasadita se va de institutriz con los ingleses. Y con esas tetas (este es un detalle holográfico que no hace a la historia, pero es para recreación). Y pasó que la terminan echando al año. Había hecho un revuelo entre la población que la inglesa se puso con el grito en el cielo. No es verdad eso del humor de los ingleses, por lo menos en esa época no eran tan así. Creo que se educaron en el humor en una época más victoriana, pero allá vio. Y de ahí salieron escritores que difundieron lo que ahora conocemos como el humor ácido inglés.
La cosa es que la echan y ahí es que vuelve a la casa del campo imagínese: tenían en la casa una mujer despampanante que sabía leer y había aprendido inglés en un año. La retrasadita. Ahí fue que le leía todas las noches un fragmento del quijote a la familia, de este libro que usted está viendo. Todas las noches después de la cena, porque cenaban temprano, no como ahora, les leía un capítulo. Fue un ritual que perduró en la familia hasta el 1945, año en que subió perón y las alpargatas al poder. Ese año empezaron a leer la doctrina peronista y todo se desvirtuó. Pero conservamos el libro. Resultó que después la retrasadita se fue con el inglés porque a la mujer la devolvió a Inglaterra. Pero claro le dejó el libro a la familia que ya había aprendido poco a poco a leer. Y así es que usted no cayó en cualquier lugar, no claro, usted está en casa de gente culta. Siéntase por eso como en su casa. Pero haga lo que pueda.





Cuando me contaron lo del año 78? No me acuerdo con quien hablábamos. Con juan? El 78 fue el año de las 13 lunas. No fue con juan. No me voy a acordar? Con quién fue? El 78 fue el año de las 13 lunas. Quiere decir que hubo 13 lunas llenas, se ve que la primera fue muy temprano, comenzado el año, lo que dio lugar a que en los últimos días del mismo año tenga lugar una decimotercera luna llena. Al pedo. Eso qué significaría para las personas que nacimos ese año? Cambiaría en algo nuestras vidas o nuestros destinos. A mi se me apagó el motor del deseo, y no tengo ganas de hacer nada. Eso tiene que ver con lo lunar? No tengo ganas de andar pensando ni siquiera en eso.






Chet toca la trompeta y canta. A todo el mundo le gusta chet baker. Él era el blanquito del jazz, era el que se metía en el ambiente de los boperos, lo dejaban pasar se ve, por bueno. El blanquito. Le daban para que se inyecte, se murió hecho mierda. Pero hizo una música increíblemente hermosa (me encantan las exageraciones), aunque los que saben no lo prefieran porque por supuesto tienen a otros para preferir. Pero yo lo prefiero un domingo a la tarde, medio gris de fin de primavera. Y se me antoja que me gusta chet, y paul auster sentado en un diván dominguero, o leyendo a burroughs o a steinbeck para realzar las diferencias dentro de la misma literatura norteamericana que muchos prefieren como a chet baker y como yo, o me imagino mirando por la ventana de un departamento domingueramente, en brooklin extrañando rosario, en rosario extrañando brooklin, escuchando a chet, y cuando se termina el disco de chet, dos discos de tom waits, porque sí, porque tiene voz dominguera, antes de preparar unos mates y comer unas facturas (no, uno no se puede poner a cocinar tortas fritas cuando no tiene ganas de nada más que escuchar esa música). O bien acompañar un rato nomás con unas páginas del libro ese de auster ese que uno no quiere terminar de leer para que no termine nunca, porque los libros buenos no deberían terminar nunca jamás. O bien encender el televisor pero sin volumen y mirar el noticiero mientras suena chet, solamente las letras, las palabras de las noticias, o bien los goles del domingo. Pero si no hay torneo porque ya se terminó ver los torneos del extranjero, y mientras se extraña el extranjero, uno es siempre un extranjero al final de cuentas, acá y allá. Eso no debería suceder nunca, uno debería encontrar un lugar y decir yo soy de acá y esto me pertenece como el agua que tomo de ese vaso. Punto. No debería ser así, somos mundo. Pero está instalada la idea del extranjero y uno se hace a la vez a la misma vez extranjero de sí mismo, porque extranjero significa extraño.
Tengo la convicción de que no podría escribir una historia lineal, no tengo la sintaxis correcta de contar algo si quisiera contarlo, no puedo contar nada entonces. Confirmado, como un examen de adn. En mis venas tanto como en mi celebro no existe linealidad. Lo celebro.
Y mirar el noticiero que no hay los domingos. Es la periodista de telenoche que aparece en otro programa, me parece conocida. Cambio de canal y están los noticieros del mundo que no me quiero enterar, cambio de canal y están las chicas moviéndose en la pantalla, con muy poca ropa. No tienen pudor frente a las cámaras, porque son máquinas (¿?). Seguramente tendrían pudor de hacerlo frente a mis ojos. Frente a otros ojos seguramente no tendrían pudor. Es que me parece que yo genero eso sin querer. Soy un tipo serio yo? En el fondo? Pregunta dominguera. Respuesta dominguera: si lo soy no corresponde con lo que pudo haber sido elegido por mí. No. Qué elegí yo? Esa es una pregunta para otro día de la semana. Paso de la mtv a canales de deportes. Los paso rápido, urgente. Películas. Chet sigue cantando mientras tanto, let’s get lost. Digo: estoy enfermo. Mi enfermedad. Después chet canta long ago and far away. Y no me importa nada, digo. Suena la alarma de un reloj. No tengo yo relojes con alarmas. Digo: esta casa no es mi casa. Digo, dije, lo dije.
Tenía que llegar el momento. Me cansé de ser hospedado.




Y qué vas a hacer?
Lo que hacemos todas las noches, pinki…



…tratar de conquistar al mundo.