Mostrando las entradas con la etiqueta como solo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta como solo. Mostrar todas las entradas

viernes, junio 16, 2017

los restos del asado

Se me juntan los restos de asado en la heladera. Hay unos que tienen varios días, y otros de la última reunión en casa.
No los puedo encarar. Como suelen ser lo único que a veces hay en la heladera, esas veces no me queda otra, y con un poco de mayonesa se hace más llevadero. Pero en la vida en soledad, no hay nada como tener que encarar esos restos tan llenos de significado.
Porque a veces la comida es el significante y la digestión, por ende, es parte de la enunciación. Sospecho de todas las alegrías, que cuando me dejan, cuando el tiempo cede, tienen colores de derrota. Ante esa situación he encontrado un solo aliciente: el gato Pino. Debería, pienso nomás, empezar a comer alimento balanceado para gatos, así nos acompañaríamos definitivamente.
Decía de las alegrías, entonces, porque una heladera que contiene restos de asado habla de una buena vida, de un dulce trascurrir. Un asado y todo lo que supone: la visita al carnicero, la provisión de víveres indispensables entre los que contamos la lechuga, el tomate y el pan, siempre bueno, siempre coherente, la elección del líquido a multiplicar, el acercamiento a la caja del mercado para realizar la transacción por la cual nos hacemos dueños de lo elegido, el pago en sí mismo con la extracción del papel moneda o la tarjeta que puede ser de crédito o de débito y en tal caso la estampación de la firma en el pequeño comprobante del posnet, la salida triunfal del supermercado con el amigo cargando las bolsas con todo el material, las dos o tres palabras previas a la ceremonia del fuego, el fútil salado de la musculatura ausente de lo que en algún momento supo ser un vacuno y que pronto se transformará en el desayuno.
Porque estamos en ayunas, cuando vamos a abrir la puerta a la llegada de los participantes, vamos poniéndonos en ayunas y consecutivamente crece el entusiasmo. Un asado, qué buen momento. Cómo acaricia el fuego, cuando en agosto del hemisferio sur una noche permite con su bendición que nos quedemos al aire libre un rato más sin sufrir. La charla se interesa: el tema favorito siempre son anécdotas y recuerdos de historias que pasaron en diferentes épocas del mundo y que alguno de los presentes no tiene noticias o no conserva en su memoria. A mí me gusta que me vuelvan a contar las historias que ya sé, podría volver a escuchar muchas historias una y otra vez sin cansarme.
Y entonces el paso del tiempo se materializa en una botella de vino que ha perdido su contenido. ¿Por dónde se habrá ido? Un asado es, más allá de la charla y los vaivenes, el momento exacto en que la carne cocida en la parrilla es trasportada a la mesa. Bocas impacientes se apresuran a masticar lo que previamente las manos armadas de utensilios como un cuchillo y un tenedor emparejaron en un instrumento llamado plato, y eso que era un cacho de carne va desapareciendo súbitamente. Ese instante es alegre, y la palabra se transforma explícitamente en elogios. Ni antes ni después, el momento del elogio es la esencia misma de la reunión y, como tal, muchas veces pasa inadvertida. Es el talento del asado, su humildad, que hace que se soslaye el aplauso merecido. Fue él quien hizo el sacrificio, fue él quien trae las ofrendas a esta misa. Él, él. Se merece mi corazón.
Pero una vez que estamos bien llenos bien llenos y no podemos comer más, la demanda abandona a la parrilla y su oferta. Y sigue el diálogo entre presentes sobre ausentes, el vino trae palabras que quizás no debieran ser dichas. Risas, comodidad, la penumbra relaja al equipo. Y ahí, muy cerca, la reja empedernida se entristece porque ya nadie va a pinchar ese trozo. La heladera ahora ejecuta la conservación del alimento que contiene el jolgorio en su memoria.
¿Por qué debería ingestar eso? ¿Acaso no es un sacrilegio que lo compartido sea partido de lo individual?
Esto del asado me lo enseñó mi abuelo. Hacía asados todos los domingos al mediodía para su familia, y eso se cuela, queda ahí como un monumento ante el que se rinde homenaje cada vez que es posible. Yo lo recuerdo haciendo una pira en el piso, directamente en la tierra. Recuerdo la primera vez que miré fuerte al fuego, era de noche. Observé las chispas, eran libélulas que hubiese querido atrapar.
Arrodillado junto a una parrilla inmensa, mi abuelo empujaba con un palo las brasas, con el cuidado de quien sabe lo que hace. Desde ese momento supe para siempre que hay cosas que uno puede hacer sabiendo lo que hace, y que nadie más va a poder hacerlo del mismo modo, porque ese fue el instante en que renuncié para siempre a ser el asador. No entendía cómo funcionaba ese sacerdocio, era demasiado inmenso todo, y ese saber parecía no poder ser traspasado. Desde entonces mi rol fue el del destapabotellas, un talento que pude desarrollar incluso profesionalmente.
Ahí estaba él, en cuclillas, ordenándole al fuego cocinar ese matambre. Esa es la imagen con la que me quedo un rato, y ahora creo en Dios.

jueves, noviembre 21, 2013

como en todo

papas y huevo, para hacer una tortilla. Se fritan las papas en el aceite, pero no como para cuando quedan fritas doradas, sino blandas nomás. El aceite tiene que estar caliente, lo más caliente posible. Porque el aceite no se evapora cuando llega a 100 grados centígrados, porque justamente tiene otras propiedades diferentes a las del agua.
Pensaba en que hay mucho de casualidad en la escala de centigrados, justo que el agua se evapore a 100 y se congele en 0, o acaso el agua es el elemento escala? y si así lo fuera, por qué no la tierra, por qué no el aire?
en fin, cosas que uno se pregunta mientras las papas se van fritando. Los huevos todavía en sus cáscaras, no hay que adelantarse. Mientras ponemos una musiquita, puede ser, qué puede ser? Un rock, un jazz, un folclore. Al mismo tiempo me prepararía un fernecito, un fernet con coca, qué sabor. Este disco de Leo vamos a poner, en el que toca todos los instrumentos él solo. A veces ese sonido me reconforta, qué está pasando en esos discos de jazz, en el que se repite lo que no se puede repetir, que es el concepto. Acaso es un lío sonoro. Las papas están fritas, las voy poniendo en un bol, voluntariamente aceptado.
El punto de fritura es muy importante: no deberían estar tan doradas las papas, ya que luego tendrán más calor que pasar. Una vez que todas están blanditas, y ricas, en el bol, le echamos unos huevos previamente batidos. Para romper los huevos podemos usar otro huevo, o un tenedor. Hay que cacharlo apenas y luego vertir el contenido del huevo, yema y clara, en un plato o en un contenedor equis. Pongamos 4 o 5 huevos para hacer una buena tortilla. Vendrá gente? acaso en mi imaginación ellos vendrán. Si les escribo que voy a cocinar una tortilla, quizás se tienten y me digan que quieren que los convide. Y qué mejor, un poco de compañía en la noche, para charlar de algo, para pasar el rato. Hay que batir los huevos entonces, todos los 5 huevos, va a ser una tortilla gigantesca. El batido es rápido e indistinto. Hay que cocinar rápido, veloz, como la vida de hoy que pasa como el avión de torpedo. Pero el fuego tiene su tiempo, aunque con más razón, todo lo que pueda ser previsto no puede ser corrompido, el fuego tiene su tiempo y nosotros podemos apurar el proceso que nos toca, o sea, el batido. Batimos batimos y luego mezclamos todo, las papas y el huevo. nada de cebollas.

Una vez que mezclamos todo el asunto en el bol de las papas, con el huevo, condimentamos con un toque de sal, algo de pimienta, y así, teniendo la sartén lista y bien caliente, y con un poco de aceite nuevo para que no se pegue. echamos todo ahi, entonces, así, directo, sin medias tintas, sin más preámbulos. Qué decir de todo lo que se cocina cuando se cocina. Cuánto hay de tierra, cuánto de agua, cuánto de mundo. Esa gota de agua que viajó de un lado al otro en forma de nube, que llovió y mojó la tierra, generando un aroma especial al campo al que hacía tiempo que no le pasaban el arado, pero que las papas seguían creciendo igual, bajo esa tierra de bulbos y trapecios, y esa gota tan viajada, tan conocedora del mundo y la cultura, viene a humedecer esa tierra y a mojar de ternura algo de ese bulbo, de esa raíz que energizada por la fotosíntesis que el sol a las hojas de clorofila intercambian, permitió que crecieran más y más hasta que la papa fuera una señora papa y recolectada por algún santiagueño o tucumano venido a la cosecha con ese fin, fue llevada al mercado y desde allí a la verdulería de la vuelta de mi casa, cuyo verdulero al verme llegar me saludara con su habitual simpatía con palabras como master, genio, ídolo, o willy o la que más guste.
Ahora allí, volcada en la sartén, haciéndose para siempre tortilla y luego parte de mi carne, cuando la haya comido, la haya digerido y terminado. Y quién sabe cómo seguirá su proceso, su vida, ya no digo la papa, pienso en la gota de agua que vino de la nube a parar a mi casa.

Hay una técnica para dar vuelta la tortilla, cuando esta está lista se coloca un plato encima y hay que tener mucha fuerza para girar y que no se vuelque o caiga al piso. así, bien.
ya casi está lista.

miércoles, noviembre 20, 2013

como solo

Para preparar una tortilla de papas se necesitan huevos y papa. Esto es una falacia ya que no estamos diciendo otras cosas que se necesitan, y sin hablar de la cebolla que ya es en sí toda una temática en sí misma (cómo se corta una cebolla, cómo se cultiva, qué tipo de cultivo es, su descripción semántica, el poema de Hernandez sobre las capas, su talento de hacer llorar a los gigantes, todos temas que podrían tenernos por horas charlando sobre estos asuntos), pero nunca tenemos en cuenta que también hacen falta una tabla, un buen cuchillo y una sartén. Y del aceite nadie habla, porque se da por sentado, pareciera que aceite todos tienen, y no es tan así. En una época se usaba grasa de chancho, cuando escaseaba el líquido virginal. Y cuántas veces hemos mezclado diferentes jugos vegetales, oliva, maíz, girasol, en una misma ensalada. Y son tan distintos.
No es menor que todo el mundo hable sin decirlo, y que lo diga sin querer significarlo: contigo pan y cebolla, seremos pobres y la pasaremos bien sería su sentido. Y se olvidan que el pan estará embebido de aceite y con un poco de sal, que de ahi viene salario. Me contaba un amigo historiador que cuando el mundo todavía no era mundo y no existían las monedas y esas cosas, la gente se pagaba con sal, que era algo muy valioso porque al no existir otro tipo de elemento como el refrigerador que nosotros llamamos heladera y en Italia llaman frigo, como si fuera todo un frigorífico, la gente conservaba los alimentos con sal, será que la sal está a otra temperatura. Entonces de ahi viene salario, como modo de intercambio o pago. Qué gran invento la heladera, nos permite poner comida por varios días, y conservarla como para consumirla cuando queramos prácticamente. Antes se comía todo fresco, excepto cuando se trataba de lo que había sido conservado en sal, que por lo general era carne que se secaba y entonces le llamaban charqui. Y al final no es tan así; cuántas veces nos vemos tirando comida porque se hecha a perder en la heladera, al no ser consumida. Cuántas veces hemos tirado el asado frío que hace una semana está esperando ahi, en la segunda bandeja de la heladera. Es que uno a veces tiene otras cosas que hacer, o tiene compromisos que lo llevan y lo traen y no come en casa y esa comida espera a que alguien le preste atención y no se la da, y sin embargo hay tanta gente en el mundo que sería feliz con ese cacho de asado, de tira, de comida grasosa repleta de colesterol.
Y sin embargo, la heladera estiró la agonía de esa vaca, lo que quedaba de esa vaca. Y estira la agonía de tantas cosas que ya están agonizando, que una vez abiertas es mejor consumirlas dentro de los siguientes 5 o 6 días. Parece ser que se llenan de bacterias raras que van carcomiendo las cosas, entonces la comida que espera ser ingerida ya está siendo digerida en realidad por otros organismos que no podemos ver, y que la están echando a perder. Esos honguitos en el queso, bueno, los podemos separar y sigue siendo un buen ejemplar con el perfecto sabor de su horma. ¿Y acaso no es el queso un ejemplo de la forma, sus límites? El queso, el pan, la cebolla, todo lo que necesita un hombre para ser feliz en su soledad. Nos olvidamos de nombrar el aceite, lo que damos por sentado, como nos olvidamos de nombrar la luz para vernos las caras en la noche, porque lo damos por sentado.