Digno de contarse: hoy salí a la vereda del hotel con el mate preparado y todas las ganas de vivir una nueva aventura. Me acompañaban el clima, las ganas de vivir, la foto de marilyn monroe agarrándose las faldas ventiladas. En qué lugar de Nueva York se habrá sacado la foto, me preguntaba. Qué cóncavo convexo habrá imaginado que una diva sea inmortalizada junto a la figura del vientito. Su vestido blanco, anotaba blando, emula la cruz roja en la gorra del che guevara. Símbolos, si los hubiera, de una civilización que traspasa una época, como pasar de la edad moderna a la contemporánea. Qué interlocutor, pensaba, se dignaría en este tipo de conversaciones a desdecirme.
No, la lucidez en el día de la fecha es solo mía. Cinco de junio de mil novescientos ochenta y dos. Miento con la fecha porque me parece poético. Repito, la lucidez es solo mía hoy. Te humilla.
Luz, lucidez. Nube aceptada, se fue la lluvia pero un cumulus limbus acompaña la llegada del amarillo ser que detengo con el saludo fascista. Esa metáfora se la robé a alguien y ya no recuerdo a quién.
Señor taximetrero, le digo, lleveme donde los hombre necesiten tus palabras necesiten tus ganas de vivir, aleluya. Es el recuerdo de un cántico de mi pasado paso por alguna religión que usa el aleluya. Alelulla, pienso en shrek. Al el uja. No le digo eso esatamente. Le digo al subir a su carroza color banana al punto: Tu de liberty!
Qué emoción, por fin subir a esa cabeza pinchuda traida de Paris, dato que ninguna Paris Hilton debería ignorar.
That is like expensive, retruca el colaborador chofero. Would be, hubiera dicho yo, en mi perfectísimo inglés que los nativos no pueden calcular.
Nou Nou, tu de statiu. Stadium? no Statiu of liberty.
El coche tomó una dirección inusitada. En realidad no me había estudiado el mapa esta mañana justo justo, pero lo pude repasar hoy luego del loco viaje que me tocó, y ya no me harán más estos trikebalakes de llevarme a cualquier lado. Pensé, con optimismo, que a pesar de parecer que nos alejábamos de la estatua de la libertad, el tipo conocería otra manera de llegar, más accesible, más rápida. Solo los buenos taxistas saben el modo de garchar las avenidas transformándolas en autopistas.
No le rompí la cara al hijo de puta porque soy anti violento. Me cobró lo mismo de cualquier manera, cuando se dio cuenta que efectivamente había equivocado la dirección. Bueno, según él yo no me hice entender. Me dejó en la parada de la terminal C de Newark Liberty Airport. No quise conversación, me bajé y me tomé unos matecitos viendo cómo partían los aviones hacia cualquier lado.
Pues sí, conocí New Jersey, la ciudad de al lado de Nueva York. Son como la misma ciudad, una pegada a la otra. Pero ahi vive la gente que se dedica a no llegar nunca a Nueva York, son los que siempre están a un pasito, ahi cerquita, pero never in the center of the world.
New jersey. Qué tristeza más amarga. No había una canción para New Jersey como para New York. No hubo jamás un Frank Sinatra para tan triste destino del universo.
Pero me encantó. Algún día iba a tener que ir. Y sumo un puntito más en el concurso de ciudades del mundo que conozco. Patié dos o tres cuadras, por no decir otra vez el chiste, seis, siete...
Una señora de alta edad me habló. Yo respondí con desdén. Los chicos jugaban en la vereda. Pasaron los bomberos. Un grupo de vagos envidiaban mi mate.
Tomé un bus, luego un tren, luego un flash, luego un rock, luego un fire. Faia! Canté todo el viaje la canción de los doors, inspirado por una chica prosti que le pedía fuego a un cliente que se le paró a preguntar Jau mach.
3 a 1 salieron en el match de las cinco, campeones dallas mavericks en el de las once de la noche.
Si me llego a poder dormir mañana voy a la estatua de la libertad. Iré en tren, no en avión. Esta gente no quiere comunicarse conmigo, si no me ubicare pasare por lo del Dani, mi amigo argentino, y preguntare qué tren me deja en la estatura de la libertad.
Freedom. Nunca me sentí tan libre como hoy, siento que vuelo en alfombra mágica de mil colores con el solo hecho de estar pisando esta ciudad. Me refiero a Nueva York, que Nueva Jersey es una porquería al lado de esta.
Bueno, vuelvo al sobre. Sobre, llamar a casa para avisar que estoy bien. Anoto.
Es amor. Nueva York y yo. No puedo sentirme más emocionado en cada street que cruzo. Venía por 5th aveniu caminando cuando vi unas librerías, y unos cines. No puede ser más parecido a calle corrientes en buenos aires, estremecedora comparación que me llena de orgullo. Qué ciudad maravillosa, la gente te sonría en la boca de los subtes. Todas las ciudades del mundo deberían ser como Nueva York, en donde aun cuando llueve la gente es feliz, donde hasta el más pobre tiene fe en dios. Qué bueno haber llegado hasta Nueva York, en donde siento que mi piel camina, por fin, junto a mi cuerpo.
Es un espectáculo, deberían verlo todos los seres humanos del planeta. Y las luces, cuando anochece, deberían verlas todos los de este planeta y los extraterrestres que sobrevuelan el resto del cielo del universo.
Qué ciudad hermosa. El asfalto está hecho con otro tipo de material, pareciera.
Bueno, no pude ir todavía a la estatua de la libertad, el tiempo no acompañaba del todo y preferí aventurarme por ciertas callecitas que se esconden entre las arterias principales. Caminé dos, tres horas, sin parar, pero a un ritmo de paseador, observando, respirando el aire neoyorkino, saludando a las empleadas de los cofishop, comiendo un burguer king. LLegué hasta el parque central, pensé en rosario central. El clima no acompañaba como para entrar al parque, no quería recordar todas esas películas que lo muestran todo mojado después de un día de lluvia. Digo, prefiero esperar a que esté mejor el clima para aprovechar al máximo mi estadía. Entonces seguí caminando.
En una de las esquinas más escondidas del arraval se abre una galería de esas abandonadas pero no tanto. Un pequeño shoping center de la década del 30, pongamosle. Una luz me hacía señas, me llamaba, era como un colorido logo alguna vez reconocido en mi vida pasada, en la vida pasada a antes de morir en el avión, o sea, la semana pasada.
Me mandé como dios manda, y me encontré como dios encuentra, sí, no lo podía creer, era un negocio argentino en medio de la gran manzana... Mi alegría no podría haber sido mayor. Entré inmediatamente...
Y ahi, entre titas, rodhesias y jugo tang, bailé una vieja canción de los fabulosos cadillacs que sonaba. Por fin, dije, no voy a tener que hablar inglés después de tanto tiempo. Efectivamente el muchacho que atendía era argentino y hablaba perfecto español. Adivinen como quién!! Sí! como yo.
No lo podía creer doblemente. Me compré unos chocolatines ahi nomás y charlamos de algunas noticias que habían llegado a través del clarín. Me comentó, porque la verdad es que yo no sabía nada, tal era mi desconexión por el vuelo, la llegada, el hotel y toda la milonga. Está todo cada vez peor, dijo, dentro de poco van a venirse todos a vivir acá, a Nueva York, y mi negocio va a explotar. Qué bueno, le dije yo, hay que venirse a vivir acá, sin dudas.
Es una ciudad maravillosa, conversamos. Y fuiste a tal lugar, me sugirió. Y acabo de llegar pero si está bueno voy a ir, respondí. Y te trajiste equipo e mate, "listo" pensó. Y la verdad es que, respondí, yo nunca fui muy matero, y pensé que no lo iba a necesitar...
Qué hermoso que es tomar mates a la sombra de ese árbol que está en el central park. Nada me ha unido tanto a Nueva York como el gesto de hechar en sus raíces la yerba mojada, lavada... Nada me ha unido tanto a mi país, hay que decirlo, Argentina carajo, como tomarme un matecito, ícono si los hubiera, de la cultura y de la sangre que circula por mis venas. Casi lloro. Casi vivo perón.
No, no se puede creer. Yo con el termito comprado en el negocio de Daniel (nos hicimos recontraamigos, incluso me hizo un descuento, dijo), caminando con el matecito y la bombilla, me acerco hasta el mc donal de una esquina, poneme agua caliente, yes yes, hot hot water, for de mate, it's a kind of tea. Yo le decía, le quería explicar que era algo del argentinian folklore, no music, bueno la cosa es que me dieron el agua caliente y me mandaron a tomar mate...
y tuve que volver por lo de dani porque había olvidado comprar yerba y no se conseguía fácilmente, y de paso, ya que estaba, me compré unas don satur...
A la sombra de algo que se parecía a un ombú me cebé mi primer mate. Qué conexión con la ciudad! todavía no he aprendido a cebar bien pero ya voy aprendiendo. Solo tengo que recordar el proceso que me enseñó mi padre y que alguna muchacha de mi juventud especificó con palabras que no podría recordar. Y tomando mate, entre mate y mate, reconfirmaba mi pasión por Nueva York, la gran ciudad, the big city... La gente que pasaba me miraba extrañada... Los policías se ve que conocen el proceso porque me dejaron matear tranquilo, no debo ser el primer argentino en matear... I'm mateing estaba preparado para decirles, y convidar. claro.
Y ahora me vuelvo al hotel porque me están dando ganas de ir al ñoba...
Ya casi me olvido de cómo había comenzado todo. Me despertó una señora, me hablaba en inglés, un inglés medio raro. Yo le dije “un momento” y reactivó su discurso con más dureza, un inglés muy veloz, que curiosamente podía entender perfectamente a pesar que hablaba muy rápido. Repetía “aorita aorita”, qué significará en inglés eso? Lo busqué en el diccionario pero no lo pude encontrar. Por lo menos entendí que tenía que limpiar.
Era el momento de conocer Nueva York. Lo supe. Desayuné algo así nomás porque en el hotel ya no nos daban nada, ni a mí ni a mi ansiedad. Y salí a caminar. Y caminé por una larga calle todo a lo largo. Y ahí descubrí lo que es vivir en la ciudad que nunca duerme, ni la siesta duerme. Eran las 3 de la tarde, dónde está la gente, me preguntaba. Seguro que trabajando, o en el casino, o en el bar tomando una chocolatada. Milk shake se llama. Fui a uno y entré y me pedí una chocolatada. Ahí me di cuenta que esta gente está todo el tiempo pensando en otro idioma. Cómo hacen?
Hablan en un código raro. E incluso ponen caras ininterpretables. Y lo peor, no entienden nada de lo que digo, o no quieren entender. Yo les digo “what street” y pareciera como que no estudiaron en la misma academia que yo. Deberíamos pasar al español, sería mucho más sencillo, para ellos y para mí.
Qué melancolía. Caminé esas calles tan deseadas, pero era todo raro. Toda la gente caminaba hacia delante como en cualquier otro lugar que ya conozca. Ahí me di cuenta que el mundo es mundo por todas partes, y que las gentes son todas más o menos parecida. Ya lo sospechaba yo, pero esta es la confirmación. Si es Nueva York es así, tiene que serlo en todos lados, incluso en el Himalaya. Esos cuerpos, todos tan seguros, tan frágiles, tan contexturizados, caminando siempre hacia delante, siempre yendo hacia un lugar, a veces intercambiando un saludo, interactuando con sus manos, con sus caderas, con el mundo, con la mesa, con la silla. Es como que de repente me hice conciente, y ya eran las cinco en ese momento. Y fue un momento memorable de mi vida, un momento que recordaré por siempre de los siempre, el momento quizás más revelador de mi vida, y lo pasé en Nueva York.
Pero no debo dejar de anotar que ayer mismo pasé un momento importante en mi vida, y eso quizás esté a la par de este momento de hoy. Me pregunto cómo pueden haber tantos momentos importantes en tan poco tiempo. Uno se pasa la vida como en estado inconciente, y de repente momentos definitivos, de esos que decís es un antes y un después, te pasan todos juntos en dos días. Quizás sea que todavía estoy conmovido con lo que pasó ayer y ahora vivo todas estas revelaciones como consecuencia.
Y fue cuando miré por la ventanilla del avión que se venía a pique. Estábamos perdiendo altura rápida e infaliblemente, era el final de nuestro vuelo y de nuestras vidas. Era de noche pero la vi, volaba al lado nuestro, sentada en la guadaña como si fuera la escoba de una bruja. Como si la guadaña fuera el porshe de la escoba de bruja que sería un peugeot 206. Cruzamos nuestras miradas y fue como que me dijo “qué te pasa gordito?, tenés miedo?”, yo inmediatamente miré a la señora de cerca de mí que venía concentrada en hablar con otro, menos mal, pero necesitaba comunicar que nos moríamos. Volví a mirar y como que me salió decirle “qué afilada que venís este año”. Me rascaba la axila cuando me guiñó el ojo y saludó, se fue para el otro lado como dándome tiempo a que hiciera algo más en esta vida… como anunciando que ya dentro de poco iba a venir por mi. El avión inmediatamente se acomodó y aterrizó y mi corazón volvió a latir con normalidad aproximadamente una hora después, en el preciso momento en que salía del baño laberíntico.
Ese momento no me lo olvidaré jamás, como este mismo momento en el que llega mi primer pedido de pollo frito.
Son las cuatro y no puedo dormir. Salgo a la calle a pelear por mi. Solo me muevo bien. Y la noche me toma por rehén. Tengo a un ruso y a un yanqui dentro de mi habitación. No es verdad. Estoy solo. No hay luces, están apagadas las luces en mi habitación de hotel en la ciudad que nunca duerme. Y ahora sé por qué es la ciudad que nunca duerme. Aunque no siento ni ruidos ni nada por el estilo, pero no hay manera que me pueda concentrar en dormir.
El avión aterrizó, todo normal para los que viajan siempre en avión. Yo acostumbrado a no viajar en avión sentí un leve cosquilleo en mi interior, y no era la emoción por haber llegado. Eran ganas de ir al baño, y en el avión no pude superar mi negación a los baños públicos. Pero por suerte en el aeropuerto, luego de pasar la puerta que ahi llaman the door of freedom, tuve que apuntarle a los sanitarios y me encontré que tienen un espacio tan grande como jamás hubiera imaginado. Para qué tanto baño, me pregunto. Llegué a contar 33 compartimentos de inodoros, sin bidet por supuesto, todos perfectamente limpios y ordenados. Pensé en que los arquitectos de USA juegan a la numerología. Después recordé que muchos de ellos estudian en Hardvard, lo que lo hace imposible. Hardvard, ¿duro de vardear? Cambridge, ¿puente de cámara? ¿ven puente?
Mi inglés se vio en serios problemas, por primera vez en la vida. Yo siempre supe que hablaba muy bien, sobre todo cuiando nos visitó Yony, un estudiante de intercambio, que me enseñó a pronunciar correctamente NBA, fantastic, you know... siempre hablé inglés a la perfección, incluso con mis amigos siempre hablamos en inglés. Pero cuando salí de mi compartimento en el baño estaba perdido, lost in traslation. Perdido en el baño del aeropuerto de Nueva York, ese laberinto traicionero. Después de quince minutos entró una persona y entonces intenté comunicarme. Qué vergüenza, mi dios! el tipo no me entendía, quizás haya sido anormal, o extranjero. Estos extranjeros nunca ponen la menor buena intención en querer aprender inglés, la lengua oficial. Tenía cara de chino, pero no recuerdo bien, porque tuve que tomar la decisión de salir corriendo antes que me pegara luego de que le gritara "entendeme dónde está la salida del baño".
Es inútil. La gente no sabe hablar. Con el único que pude tener una conversación fluida en perfecto inglés fue con el recepcionista del hotel. El taxista que me trajo hablaba español por suerte, así que ese no cuenta.
El tipo del hotel me recomendó un par de cosas para ver. Mañana mismo voy a hacer eso, voy a visitar la casa de los Simpsons en Staten Island. Hay que tomarse el ferry y después ir hasta no sé dónde. Mañana cuando me levante le pregunto de nuevo. Y si no está? Mejor voy ahora que estoy sin dormir. No, va a pensar que estoy loco. Mejor voy mañana. Pero a lo mejor no está, pero va a haber otra persona que me va a saber decir. Y si no sabe nada? Y si me quiere recomendar otra cosa? Yo quiero ir a springfieldville en staten island a conocer a homero. Y quiero ir a desayunar un café con leche a central perk, a ver si me cruzo con rachel o monica. Hola rachel! cómo estás? qué linda que sos... siempre te sigo en tus películas, me encantan. rachel, mmmm, rachel rachel. A ver si así me puedo dormir. pensando en rachel, la rachel cuando hacía chistes, rachel corriendo, rachel desnuda en viviendo con mi ex, que lindos vestidos rachel y qué peinados, y monica monica, monica de mi vida, rachel...
No poder dormir, y sentir ese pitido que me molesta. Toda una vida ya escuchando ese piii que tiene el silencio de la noche. El pi que te injerta el ruido del día, el pitido del infinito. No conocer el silencio de por vida, es una especie de condena, de cárcel abierta. Tendrá ese pitido la muerte, no es una pregunta. La tendrá seguramente. O como cuando suena un grito, es un eco, el eco que llega con mucho retardo, el eco de una voz perdida hace mucho tiempo. Una voz que me reta por no haber hecho la tarea otra vez. El eco de la vida ahora me lo traje a la gran ciudad, suena el eco de mis fracasos en este sucio hotel de manhattan, o no sé ni siquiera dónde estoy. No es Brooklyn? Si salgo ahora a la calle quizás me maten, es harlem? estarán los globber trotters del otro lado de la calle esperandome con navajas? Eso era antes, cuando existía king kong. o era en hong kong que pasaba? no sé. Yo siento un pitido y a lo mejor es un eco, una voz extraña que intenta decirme cosas que ya no puedo ni quiero comprender, porque no me importa, porque todo lo que importa ahora es que estoy cumpliendo el sueño de toda una vida. Voy a amanecer en Nueva York, estoy en Nueva York Nueva York. Estoy a cuadras del rachel.
son las cinco e la mañana y no he dormido nada pensando en tu mirada ....
voy a planificar para hacer las cosas bien. mañana desayuno en el hotel, pasado en central perk. Dónde quedará central perk? algún recepcionista debe saber. no puedo dormir. ya basta. ese pitido, maldita sea maldito el mundo. tendría que haberse caído el avión puto.
Entramos en la zona turbulenta. Dicen que después de esto ya llegamos. No aguanto de las ganas de ver las luces. Se ven todas luces por todos lados, son los estados unidos de américa. El pueblo unido jamás será vencido. No conozco bien la historia de estados unidos pero tampoco se la voy a preguntar a la azafata, que debe saber menos que yo. Me imagino a la azafata diciendo "las guerras intestinas entre los hermanados pueblos del norte y del sur diezmaron a más de 40 mil esclavos". No entiende nada, pobrecita, con esa cara de susto, debe ser su primer vuelo como azafata. Y cómo se esfuerza por sonreir...
Pues no, parece que por lo que me dice hace más de diez años que es azafata. Le tuve que preguntar. Por qué entonces tendrá esa cara. Ahora se sienta y se abrocha el cinturón. Será normal esta turbulencia? y yo justo ahora que quería ir al baño. Ya veo que aterrizamos y al final no he conocido cómo es el baño de un avión. Aunque todavía tengo el viaje de regreso para hacerlo. Va a ser lo primero que haga cuando suba al avión en el viaje de vuelta. Porque ahora ya es imposible, prohibido levantarse y transitar por los pasillos. Estaremos atravesando el triángulo de las bermudas? Moriremos? Si morimos ahora no habré conocido el baño del avión. Eso sería lamentable. Y lo peor es que habré muerto sin conocer Nueva York. Pero en camino hacia. Si me muero acá nadie va a venir a mi velatorio. Eso no está nada mal. Pero no vamos a morir, veo la cara de la señora que está 4 butacas más allá, está disfrutando. Debe estar a punto de morirse de cualquier manera, es una vieja de mierda. Pareciera que lo disfrutara.
No, dice que no entiende qué puede estar pasando. Le pregunto que a dónde viaja y me dice que a canadá a visitar a la hija que se acaba de separar y tiene dos chiquitos y se los quiere llevar para brasil, porque dice que en argentina ya tampoco se puede vivir. bueno señora yo la dejo acá le digo antes que se me ponga a charlar y ya sé cómo terminan estas cosas, invitando a comer a una desconocida en el harlem y luego victoriando juntos a los globber trotters. no, no me interesa relacionarme con las viejitas que tienen hijas que tienen hijos. bueno, a lo mejor la hija está buena, pero no me interesa ya que está en canadá y yo voy a Nueva York. Y después se quieren ir a vivir a Brasil. A vivir junto al mar, a la isla de itaparica. Vayanse todos a la mierda, este avión se está por caer.
Y yo me vuelvo a morir. Murió en su ley, dirán. En su ley, viajando a Nueva York, a donde siempre quiso ir. En su ley. Todos mueren en su ley, dijo el turco. Morir en su ley es una redundancia extrema.
Como Monzón, que murió en su ley. Olmedo murió en su ley. Diego murió en su ley. Valdano, ni hablar. Mis amigos muertos. El gordo perez se atragantó con un hueso de pollo. García y su risa, se desnucó por caerse para atrás sentado en una silla. Siempre riéndose de los demás, siempre muriendo en su ley.
La pucha, parece que hoy me toca la ley a mi. Dirán "fue un hijo de puta" los que cagué con la guita en ese enero nefasto, en que todos se fueron de vacaciones y yo recolecté los activos de Amanda SA. Dirán "fue un generoso" los dichosos a los que les pagué los estudios con los activos recolectados. Pero qué bien que la pasamos. Ahora sí, está es la última, se apagó el motor, las turbinas. Adiós mundo cruel.
Cruzamos la linea del ecuador y cantaba "te encontraré una mañana, cuando se caiga el avión y prepararás el suelo para dos". No es miedo a los aviones. Solo tengo miedo de la electricidad. Cuando era chico soñé con un fluir eléctrico, algo parecido a la electrocución, pero que no traía consecuencias. Luego supe que la electrocución traía efectivamente consecuencias nefastas, y creo que me enteré cuando fue la noticia del paracaidista que quedó enganchado en los cables de alta tensión. Y todavía en esa época no se hablaba de la silla eléctrica como algo tan terrible, porque todavía eran épocas en que la memoria de la picana estaba viva. Estaba sensible la herida. Y a los chicos nos gustaba prender y apagar la luz, seis siete ocho veces, sin parar, desenfrenados. Era la noche, la hora de dormir, el beso de la madre, la despedida, y sin embargo las ganas de seguir jugando, como en una clave morse, prendiendo, apagando la luz. Después nos enterábamos que a otros chicos los padres no les dejaban prender ni apagar la luz. Ni hablar de desenchufar un enchufe, acercarse a una toma de corriente. Nosotros ya pertenecíamos al mundo moderno, y no hacía tanto todavía que alumbraban con el fuego.
Ese es el fuego, que veo en la noche que llega, al cruza la linea del ecuador, sobrevolando el surinam. Es un inmenso fuego, quizás un campo que se quema, o una ciudad habitada por nerones. Veo un fuego porque llega la noche, sino no vería nada. Y es el mismo fuego que nos va a quemar a todos por igual, nos irá cocinando lentamente, en este horno de planeta, y nos cocinaremos al punto, estaremos mechados con ciruelas, porque a los dioses o a los comensales les gusta el agridulce. Ese es el fuego, san lorenzo, el parrillero. Pero antes de morir voy llegando a mi destino, Nueva York de los sauzales, paisano nuevayorkino en busca de los arrabales. Qué música suena en Nueva York en este momento?
Cómo será la noche en Nueva York? Será lo primero que sepa, cuando deje de sentir este frío que traigo desde casa, desde ese invierno insoportable ya, y este aire acondicionado de avión que justo me da en la cara, a contrapartida de la pantalla personal que no, justo la mía está rota y el de al lado juega backgammon con lo que me gusta jugar y no poder, porque está rota.
La noche será cálida, quizás me reciba una llovizna de verano y mi piel estará mojada, y así llegaré al hotel, al caesar palace, en el que tengo reserva, y me dormiré para recuperarme y para estar mañana listo para recorrer la ciudad, esa ciudad, la ciudad de Nueva York. Tengo dos excursiones mañana, tendré que elegir una, y pienso ir a hacer mis primeras compras nuevayorkinas. Y pasado mañana la estatua de la libertad, tengo que subir hasta arriba para lo cual tengo que estar descansado, tengo que estar diez puntitos. Y me quiero comprar la camiseta de los Knicks. Aunque pierdan.
El avión todavía no se cae. Empiezo a tener fobia a los aviones.
Me voy a Nueva York. Esta noche de invierno ya la cambio por un benévolo verano. Me puse esta mañana, ahora me la saco, esta camiseta verde que tiene las letras de una petrolera, y en mi manía por usar remeras con propagandas ya me pongo, rápido, porque hacen 3º, esta azul marino que dice Quilmes. Y es la camiseta del turista que llevo en mí. He planificado este viaje por años, ahora parece mentira. Supe de la promoción hace 5 meses, en pleno febrero. Me había quedado sin vacacionar esperando poder comprar algún boleto en oferta, para Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Nueva York, anoto esto y mi mano tiembla. Siempre quise estar en Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Mis zapatos jamás han sido tan vagabundos como ahora, que van hacia esa ciudad nueva, que alguna vez imaginé como York pero renovada, pero no necesariamente. Cuando pude ver fotos de York, obviamente gracias a la internet, y compararlo con la famoso foto del perfil de Manhattan, que tanto daban en las tiras de sony, cuando todavía tenían las torres y que después tuvieron que volver a editar todas las imágenes y sacarlas porque no hay nada que traiga más dolor que el recuerdo de las injustas muertes de aquel septiembre turbio y raro en que todos creímos, aseveramos, que ese era el momento en que comenzaba la tercera guerra mundial. Aunque no estábamos seguros de entre quiénes se libraban. Esa mañana turbia yo desayunaba, como cada mañana, mirando por la ventana hacia la calle. Mi taza humeaba, quizá era café o té o mate cocido. Nada me hacía sospechar, ni siquiera la frenética carrera de la vecina del edificio del otro lado de la calle, que iba hasta la esquina y volvía. La recuerdo porque me hizo dudar, y fue esa duda que me distrajo dos segundos hasta que descubrí que en la calle no pasaba nada de importante. Y fue por eso que encendí la televisión. De verdad que yo solo enciendo la tele si me aburre lo que estoy haciendo o viendo o lo que sea. Y eso no suele ocurrir, me aburro bastante poco, por lo general. Pero fue esa carrera frenética que me hizo sospechar que estaba loca, algo que pude comprobar un año después, y fue esa duda que no pude resolver, lo que me aburrió esa mañana en que, sí, el cielo ya no estaba gris como el de esta mañana. Me aburría, otro día azul, como el de cada mañana azul idiota. Ese cielo azul de finales del invierno, el que promete amor y te da día y día de soledad. Encendí la tele por aburrimiento. Después fueron las llamadas para corroborar si en los demás televisores estaba pasando lo mismo. Efectivamente. Esa noticia no cambió nada de lo que hacía años que pensaba, que tenía que viajar a conocer Nueva York. No fue por esa película que vi esa tarde nefasta. Ella peleaba conmigo porque yo decía que esa escena en que la chica simula un orgasmo era patética, pero que el resto de la película me gustaba y no solo eso, era una de mis films favoritos. De verdad, sabía de memoria algunos de los parlamentos. Ella decía que era su favorito desde antes y que esa escena era una de las más logradas en la historia del cine. Yo le decía que exageraba y nos dejábamos de hablar algunos meses. Pero bien, era una escena de la película que me interesaba, pensaba, ahí tenía que ir cuando estuviera en Nueva York, porque sí, desde mucho antes yo ya sabía que iba a ir a Nueva York. Y hoy es el gran día en el que recuerdo eso y tengo un boleto y una visa y el vuelo es a Nueva York. Esta noche estaré volando, abandonando el frío (quizás deba volver a cambiarme la remera o dejar el saco por uno más liviano) para llegar hasta el verano. Quiero mojar mis pies en el mar, en la playa junto al parque de diversiones de Conney Island. Y eso no es nada, quiero recorrer la ciudad de Nueva York, ir al Madison Square Garden, y no sé, mil cosas más. Me sacaría una foto con la bandera americana. Y voy a ir hasta Atlantic city a jugar a la ruleta, al 32. Me voy a Nueva York a comprar pavadas, las chucherías que traen todos los que van a Nueva York. Me las muestran y me llenan de ilusiones. Les pedí las direcciones de todos los negocios esos, quiero las mismas marcas, quiero lo último de lo último. Quiero tener esa remera que tiene 3 cuellos pero en color verde musgo, y un bat de béisbol, y un cuaderno de esos para poner al lado del teléfono porque cuando te llaman y no tenés un cuaderno al lado del teléfono siempre lo necesitás. Cómo no te diste cuenta antes. Voy a ir a comer al barrio chino, en donde seguramente me sentiré por fin estar en Nueva York, tan llena de chinitos. Y me voy a comprar un reloj que diga The godfather. Soy fan de Al Pacino. Me voy a Nueva York y tengo una emoción que no te cuento. Wall street, quinta avenida, central park, empire state, todos esos nombres que antes estaban a millones de kilómetros de vida, todas esas cosas que brillaban de neón y mi ilusión recreó tantas veces, como por ejemplo la vez que festejé mi cumpleaños con fiesta temática de Nueva York… Todo eso está ahora a horas de distancia. Me voy a Nueva York y no me memoricé, como había pensado, la canción que canta Sinatra, que tan bien describe la ciudad, como papo cuando describe la ruta 66. papo blus. No me sé la canción y de algo me pierdo, porque esa canción es una cifra y ahora no la voy a poder descifrar. Pero a lo mejor me la imprimo y la estudio en el camino, quién te dice que cuando llegue a john fitzgeral Kennedy no voy a salir bailando bajo la lluvia y cantando new york new york.
Hola. Mi nombre, como figura en el encabezado del mail, es Nicolás. Encontré este mail de ustedes y no quise perder la oportunidad de escribirles para contarles un par de cositas que tienen que ver con el Campari y que me ponen muy contento. Algo pasó, por lo que no puedo dejar de felicitarlos. Pero antes, y porque tengo las manías de un escritor, mediocre, sí, pero al fin escritor, tengo que hacer una introducción. Conocí el campari gracias a bobby flores. Yo trabajaba en el 2000 en el call center de san cristobal seguros (vivo en Rosario desde el 97, hace ya 14 años...) y como me tocaba estar en horarios nocturnos y estaba solo, escuchaba el programa de dolina, un clásico de los noctámbulos. Dolina es un genio, y creo que muy pocas cosas pueden hacer que un noctámbulo trabajador deje de escucharlo, y fue descubrir la música que ponía bobby flores en la rock and pop. en ese momento el programa que conducía se llamaba "no es extraño que estés loca por mí", pero todos le llamabamos "no es extraño" a secas. Bobby ponía unas músicas increibles, pasaba del herbie hancock a saint germain, y decía "el primer grupo de música electrónica que grabó en el sello blue note". Mientras divagaba bobby hacía sonar, como una campana de largada del deseo, un vidrio que parecía ser de un vaso con hielos, y decía "estoy tomando un campari". Eran las 12 y media y el tipo me hacía enloquecer con las ganas de tomar un campari, pero claro, aun sin ser policía yo tampoco bebo mientras trabajo, todavía. En el año 2005 fui a vivir un año a Italia. En la riviera del adriático aprendí que la vida se divide en ciertos horarios. Hay dos horas en el día que son las horas del aperitivo: las 12 del mediodía, las 7 de la tarde. Hay aperitivos para todos los gustos, incluso sin alcohol. Despiertan el apetito, inauguran la alegría de la ingesta. Mi aperitivo elegido para siempre fue el campari soda. Esa botellita diminuta que ustedes conocen muy bien, que trae el preparado campari al que se le agrega la rodaja de naranja y la oliva. Era una delicia, sentir el aire del mar, beber con moderación. Incluso cuando estuve en Milano pasé por la puerta de la casa Campari, quería entrar y abrazarme con la gente que estuviera ahi, con la familia campari, con quien sea. quería entrar y decirles el slogan "campari, red, passion". Me faltaba la chica con el vestido rojo. Cuando tuve que volver me traje una botella de allá, que no tardó en desaparecer. Es que el campari acá, en el centro y sur de la provincia de santa fe, por alguna razón fue olvidado. en algún momento nos acordobesamos y tomamos el fernet con coca sin parar. pero era el tiempo de volver al bitter. Recuerdo que recorrí los supermercados, las vinerías. no todos tenían campari. cada vez que lo conseguía invitaba a mis amigos, a mis viejos, siempre una botella nueva. Recuerdo la noche que hicimos negroni, quedé dormido sin poder salir. Hace ya unos meses que vamos al bar y solo pedimos campari, porque ahora los bares empiezan a volver a tener (no sé qué podía estar pasando, pero no todos los bares tenían hace un tiempo). Voy al bar el cairo y veo carteles de campari por todos lados. Descubro con satisfacción que estamos volviendo a imponer la marca, y esto me parece absolutamente genial. Me parece que ya era hora. Ahora mismo voy a ir a comprar una botella más. Otra botella más. No solamente este mail va como agradecimiento, no solamente este mail va con la incondicionalidad de un cliente fervoroso que no va a dejar de comprar campari por más que saquen todos los carteles publicitarios, no solamente este mail tiene la intención de intercambiar auspicios. También tiene la intención de la consulta, y es la siguiente: en el berlín (si no conocen el bar berlín de rosario, se los sugiero), en cierta barra me prepararon un campari con fanta (son unos cretinos) y le pusieron limón. Yo lo entendí como un sacrilegio y una falta de respeto, y le pedi que me lo hicieran nuevamente. El soberbio barman me dijo con esa seguridad de los barmans "el campari lleva limón, me lo hubieras avisado antes". ¿Cómo se le dice a un barman que está equivocado? ¿Lleva limón? Me gustaría que me desasnen ustedes, que son los originales dueños del color rojo. ¡hasta el próximo brindis y gracias nuevamente!
martes, diciembre 28, 2010
No es el caso por el que Felipe haya elegido la estivación como medio de subsistencia. Apilar cajones fue un acto, como los actos que tienen los mejores resultados, producto de una gran casualidad. Una mañana de mucho frío, esperando en la parada del colectivo que lo llevaba al trabajo en la oficina, quiso llamar la atención de la rubia, que esperaba otro colectivo a la misma hora en el mismo lugar. Se encontraban cotidianamente, y cotidianamente se ignoraban, y cotidianamente se miraban las caras, las vestimentas, los zapatos, se medían la temperatura. Él pensaba "con esa remera tan fresquita te vas a morir de frio, mamita", o también "con ese pantalón te van a mirar todos los albañiles del barrio, mamita", hasta incluso "con esa pollerita seducís a tu jefe seguro, mamita, estarás buscando el aumento". Llegaba a reconstruir diálogos enteros en donde ella misma respondía "y vos pelotudo con esa remera de morondanga, y esas zapatillas a quién te querés levantar" o "salí de acá, sucio de porquería qué me querés hablar". Sin embargo ella era más buena, o más mala. Ni lo registraba. Eso no puede ser, digamos, en la realidad, el hecho de que una persona no registre a otra que cotidianamente se encuentra en la misma parada, así sea por 5 o 6 minutos; hasta la persona más recalcitrante, menos atenta, hasta una mesa es capaz de percibir la presencia diaria del otro, de un sujeto que mira, que existe ahi, al lado, que incluso te mira. Ella no registraba, si se lo hubiera cruzado en el parque españa no hubiera sido el chico de la parada de colectivo, hubiera sido uno más del montón. Para él, si se la cruzaba (de hecho se la solía cruzar en el supermercado) por el barrio ella sí existía, pensaba automáticamente "hola mamita de la parada". salkasldkasldkalskdalkdalskdslakjdlaksjdlaksjdlkasjdlaskdjaisdifodsnifud Ella no lo registraba porque tenía un problema de percepción: durante las mañanas hacía un gran esfuerzo para contener los estornudos que le generaba la alergia, y concentrada en eso y en escuchar a lo re en la radio, el mundo no existía. Si le hubieran preguntado de qué era el negocio de la esquina jamás hubiera acertado (era una vinería, no percibir una vinería es algo atroz). Ella no lo registraba porque era así. Pero por una cuestión de justicia, no registraba a nadie, por igual.
Ya no importa sino el hecho de que esa mañana, y por una serie de casualidades, Felipe, que estuvo a punto de llamarse Milton, con el afán de llamar la atención de la doncella blonda de, esa mañana, pollera breve taco alto rodete y saco haciendo juego, y por una cuestión de que él mismo pensó "mamita qué frío que hace hoy y vos vestidita así mmm te comería", decidió dar el paso al frente, pero no hablandole directamente, como haría cualquier hijo de vecino, sino generando una excusa, como un buen estratega, para que ella lo mire alguna vez de frente y no tanto con los omoplatos como lo acostumbraba a hacer. No tuvo mejor idea que, para entrar en calor, ayudar al verdulero a acomodar los cajones que estaban descargando del camión. La verdura estaba verde, pero no se asomaba la primavera. Felipe trasportando cajones y acomodando, mirando a la rubia, pidiendole permiso para que se corriera y lo dejara pasar con las naranjas de jugo, aprovechó un desvío de la mirada para hablarle, por primera vez para siempre: "son una naranjas espectaculares". Ella lo miró, sacándose el auricular: "me regalás una?". Felipe corrió a buscar una bolsa de nylon ante la presencia del verdulero que nada comprendía pero que dejaba hacer porque la mano le venía bien. Le venía bien la corrida a Felipe, por el frío, claro, entraba en calor. El 110 pasaba, ella subía al colectivo, Felipe hacía detener al chofer en el rojo semáforo para alcanzarle a ella una bolsita con dos naranjas y una pregunta "no tenés frío?". Ella respondió: "gracias".
cuando fue por la tarde a la verdulería no lo encontró. No preguntó por él, se dedicó a pensar que haría el turno mañana y cerró el asunto. Él ese día llegó tarde al trabajo, se peleó con el jefe, se despidió de sus compañeros, recibió una interesante indemnización, pensó en el neoliberalismo despiadado, mojó la toalla del baño de hombres con semen, conversó por última vez con la secretaria del jefe, le dijo que si no le hubiera regalado dos naranjas a su novia esta mañana seguramente se las hubiera traido a ella y no aceptó un no por respuesta. Se fue a su casa pensando que en su nuevo trabajo seguramente estaría más cómodo, tendría más tiempo para hacer otras cosas como ir al gimnasio que hacía mucho que quería empezar, o estudiar inglés, o ir a yoga, o todo. Paseó por la peatonal meditando en qué reventar la indemnización: se compró una loción para después de afeitar.
Nunca había usado, jamás, una loción para después de afeitar. Siempre pensó que era una marca de estilo, y si algo quería tener ahora en su vida, ahora que le había dado una patada en el culo al jefe y dos naranjas a mamita (jugarle al 3 en la quiniela, y al 21), y un portazo (jugarle al 4 y al 211), y habiendo conseguido el trabajo deseado durante toda su juventud, en "la oficina", un lugar del sector público donde se trabajan 6 horas por un muy buen sueldo, claro, era llegada la hora. Se olvidó de comprarse zapatos blancos, para tener estilo, pero empezaría con la loción. Se afeitaría todas las mañanas, antes de pasar por la verdulería a cargar cajones, y esperando que ella lo mire o le pida algo, no sé, una pera, pensaba. Y pensaba "me darías una pera" y el respondiendo "pero cómo no".
No había sido difícil convencer al verdulero que él lo ayudaría todas las mañanas, de lunes a viernes, gratis, a cargar los cajones. "No te hagás problema pibe, te tiro unos manguitos si querés, yo no necesito que me cargues pero si le ponés tanto entusiasmo..." y él respondía "es que sabe algo don Cosme" (se llamaba Cosme) "a mi no me gustan los gimnasios, son lugares muy fríos, y no sirve para nada, es un derroche energético, si yo puedo hacer el mismo ejercicio y cargarle los cajones y así usted ahorra energía y todo tiene una utilidad". Era pragmático. El Feli se ponía los cajones al hombro adelante de la duquesa blonda que lo admiraba por su fuerzas, él pasaba, le entregaba una mandarina ante el ruido del 110 y con la frase matadora del día "que nunca le falta la vitamina c".
Ella le sonreía. Pero ya había conseguido novio, a todo esto. El fin de semana había salido con las amigas al boliche, un chico que parecía apuesto y que no estaba como pez en el agua sino más bien acompañando a algún amigo, le llamó la atención. No creyó que él se acercaría, y sin embargo, producto de la casualidad se dio: el amigo conocía a su amiga. Terminaron yendo al cine la semana siguiente y presentandose a los padres a los dos meses.
Don Cosme tuvo una seria charla con Felipe: "mirá pibe te voy a necesitar, te ofrezco..." Don Cosme, después de cierta herencia y tomando bríos decidió por fin abrir su cadena de supermercados en una serie de pueblos del interior. La verdulería se había ido para arriba. Felipe, sin comerla ni beberla se acababa de transformar en la mano derecha de un futuro magnate o ya magnate del comercio alimentario en el interior del país. La mano derecha, el hombre de confianza, una voz con voto, la mano autorizada a dar el sí o el no sin consulta previa. Y todo eso sucedió en cuestión de meses. Sin embargo, a pesar de haber incrementado sus ingresos y haberse comprado el auto deseado, continuó apilando cajas de verduras frescas recién llegadas del mercado, con el solo objetivo de poder acercarse a ella. "Este alcaucil preparelo de la siguiente manera": las conversaciones habían aumentado y hasta distendido. Siempre pasaba el 110 y se la llevaba. Siempre Felipe quedaba rumiando ante el verde del agente electrónico de tránsito. Para ella no fue nunca otra cosa que un verdulero, y eso que había llegado a conocerlo un poco, jamás sospechó que fuera contador y que tuviera un master en cuentas públicas. "La verdulería va bien, es la que va" le decía, "estoy abriendo una sucursal en Fisherton". Y era verdad. Había abierto 5 sucursales desde que Don Cosme le había dejado todo el negocio para dedicarse de lleno a los supermercados en los pueblos de la ruta 34. Ella respondía "ay mi novio vive en Fisherton". Él creía que era un puñal en el corazón que ella quería clavarle, pero no, era que no registraba. Cómo ella podía imaginar que un verdulero, cada vez que le decía que estaba abriendo una nueva sucursal en realidad le estaba transmitiendo que él también era una persona exitosa, digno de una rubia tremenda como ella. Macarena. Se llamaba Macarena, y no le daba mucha alegría a su cuerpo.
Macarena tenía un cuerpo dichoso. Pero ella no lo sabía, porque no lo registraba. Ella tenía problemitas de autoestima, creía que tenía lo contrario al sobrepeso, y que los hombres no la mirarían porque no tenía casi tetas. Era un poco estúpida "pero tan tan simpática", pensaba él. Felipe. No era simpática en realidad, tenía eso de que era simpática con la gente que le caía simpática, pero en realidad prefería ser antipática y no le importaba el qué dirían los demás.
A la décima sucursal que abrió la invitó a salir. Ella dijo que tenía novio. En realidad ella mentía, el novio se había piantado o ella lo piantó. Era una relación que iba demasiado seria hasta que alguien ahi se dió cuenta que la vida también se podía vivir. Ella dijo que tenía novio, pero en realidad no se quería comprometer, porque quería hacer un viajecito. Y en realidad no le gustaba nada Felipe, ese amigo que hizo en la parada. Ella dijo que tenía novio y él le dijo que era lo mismo, que no le iba a pasar nada. Ella dijo que bueno, que la buscara. Él pasó con su audi. Ella lo miró con otros otros. Él le habló de un viajecito que estaba por hacer a Marruecos. A ella le interesó. Hablaron, un buen rato. Se pusieron de acuerdo en algún punto: Central no ascendería a primera ese año y sería, ahora sí, una verdadera catástrofe todo. Ella le dijo que le hubiera gustado ir a la cancha a ver a Central, "sería diver", decía. "Me encantaría llevarte" le decía él, mintiendo porque no solo que no tenía carnet sino que no tenía ni siquiera gente conocida que tuviera. Se divirtieron esa noche.
Cuando ella se vistió esa mañana pensando que su amigo estaría en Marruecos, o en Surinam, quién sabe, mientras se ponía las medias cancan y apresuraba un rodete, sintió ese chasquido, ese rasguido, sintió, como una flash de cámara fotográfica profesional, como el relámpago, como haz de luz verde fluo, que el pensamiento la llevaba a un lugar nunca antes experimentado: patear el tablero es ponerse una verdulería. Pero Felipe ya no estaba, viajaba en primera clase a otro lugar, lleno de luces, siempre vigente, un caribe polinésico.