Se me juntan los restos de asado en la heladera. Hay unos que tienen varios días, y otros de la última reunión en casa.
No los puedo encarar. Como suelen ser lo único que a veces hay en la
heladera, esas veces no me queda otra, y con un poco de mayonesa se hace
más llevadero. Pero en la vida en soledad, no hay nada como tener que
encarar esos restos tan llenos de significado.
Porque a veces la comida es el significante y la digestión, por ende, es parte de la enunciación.
Sospecho de todas las alegrías, que cuando me dejan, cuando el tiempo
cede, tienen colores de derrota. Ante esa situación he encontrado un
solo aliciente: el gato Pino. Debería, pienso nomás, empezar a comer
alimento balanceado para gatos, así nos acompañaríamos definitivamente.
Decía de las alegrías, entonces, porque una heladera que contiene
restos de asado habla de una buena vida, de un dulce trascurrir. Un
asado y todo lo que supone: la visita al carnicero, la provisión de
víveres indispensables entre los que contamos la lechuga, el tomate y el
pan, siempre bueno, siempre coherente, la elección del líquido a
multiplicar, el acercamiento a la caja del mercado para realizar la
transacción por la cual nos hacemos dueños de lo elegido, el pago en sí
mismo con la extracción del papel moneda o la tarjeta que puede ser de
crédito o de débito y en tal caso la estampación de la firma en el
pequeño comprobante del posnet, la salida triunfal del supermercado con
el amigo cargando las bolsas con todo el material, las dos o tres
palabras previas a la ceremonia del fuego, el fútil salado de la
musculatura ausente de lo que en algún momento supo ser un vacuno y que
pronto se transformará en el desayuno.
Porque estamos en ayunas, cuando vamos a abrir la puerta a la llegada
de los participantes, vamos poniéndonos en ayunas y consecutivamente
crece el entusiasmo. Un asado, qué buen momento.
Cómo acaricia
el fuego, cuando en agosto del hemisferio sur una noche permite con su
bendición que nos quedemos al aire libre un rato más sin sufrir.
La charla se interesa: el tema favorito siempre son anécdotas y
recuerdos de historias que pasaron en diferentes épocas del mundo y que
alguno de los presentes no tiene noticias o no conserva en su memoria. A
mí me gusta que me vuelvan a contar las historias que ya sé, podría
volver a escuchar muchas historias una y otra vez sin cansarme.
Y entonces el paso del tiempo se materializa en una botella de vino
que ha perdido su contenido. ¿Por dónde se habrá ido? Un asado es, más
allá de la charla y los vaivenes, el momento exacto en que la carne
cocida en la parrilla es trasportada a la mesa. Bocas impacientes se
apresuran a masticar lo que previamente las manos armadas de utensilios
como un cuchillo y un tenedor emparejaron en un instrumento llamado
plato, y eso que era un cacho de carne va desapareciendo súbitamente.
Ese instante es alegre, y la palabra se transforma explícitamente en
elogios. Ni antes ni después, el momento del elogio es la esencia misma
de la reunión y, como tal, muchas veces pasa inadvertida. Es el talento
del asado, su humildad, que hace que se soslaye el aplauso merecido. Fue
él quien hizo el sacrificio, fue él quien trae las ofrendas a esta
misa. Él, él. Se merece mi corazón.
Pero una vez que estamos bien llenos bien llenos y no podemos comer
más, la demanda abandona a la parrilla y su oferta. Y sigue el diálogo
entre presentes sobre ausentes, el vino trae palabras que quizás no
debieran ser dichas. Risas, comodidad, la penumbra relaja al equipo. Y
ahí, muy cerca, la reja empedernida se entristece porque ya nadie va a
pinchar ese trozo. La heladera ahora ejecuta la conservación del
alimento que contiene el jolgorio en su memoria.
¿Por qué debería ingestar eso? ¿Acaso no es un sacrilegio que lo compartido sea partido de lo individual?
Esto del asado me lo enseñó mi abuelo. Hacía asados todos los
domingos al mediodía para su familia, y eso se cuela, queda ahí como un
monumento ante el que se rinde homenaje cada vez que es posible. Yo lo
recuerdo haciendo una pira en el piso, directamente en la tierra.
Recuerdo la primera vez que miré fuerte al fuego, era de noche. Observé
las chispas, eran libélulas que hubiese querido atrapar.
Arrodillado junto a una parrilla inmensa, mi abuelo empujaba con un
palo las brasas, con el cuidado de quien sabe lo que hace. Desde ese
momento supe para siempre que hay cosas que uno puede hacer sabiendo lo
que hace, y que nadie más va a poder hacerlo del mismo modo, porque ese
fue el instante en que renuncié para siempre a ser el asador. No
entendía cómo funcionaba ese sacerdocio, era demasiado inmenso todo, y
ese saber parecía no poder ser traspasado. Desde entonces mi rol fue el
del destapabotellas, un talento que pude desarrollar incluso
profesionalmente.
Ahí estaba él, en cuclillas, ordenándole al fuego cocinar ese
matambre. Esa es la imagen con la que me quedo un rato, y ahora creo en
Dios.