sábado, octubre 26, 2002

para rocco

sábado, julio 13, 2002

guardador, traducido por un servidor

Yo nunca cuidé rebaños,
pero es como si los cuidase.
Mi alma es como un pastor,
conoce el viento y el sol
y va de la mano de las estaciones
andando y campando.
Toda la paz de la naturaleza sin gente
viene a sentarse a mi lado.
Pero yo quedo triste como un rayo de sol
para nuestra imaginación,
cuando refresca en la intensa llanura
y se siente la noche entrada
como un pájaro por la ventana.

Pero a mi tristeza y sosiego
porque es natural y justa
y es lo que debe estar en el alma
cuando ya piensa que existe
y las manos recogen flores sin ella dar permiso.

como un ruido de caballos
que surgen en la curva de la calle,
mis pensamientos estan felices.
Sólo tengo pensa de saber que ellos están contentos,
Porque, si no lo supiera,
en vez de estar contentos o tristes,
estarían alegres y contentos.

Pensar incomoda como caminar bajo la lluvia
cuando el viento crece parece que llueve más.

No tengo ambiciones ni deseos
Ser poeta no es mi ambición
es mi manera de estar sonso.

Y si deseo a veces
por imaginar, ser corderito
(o ser un rebaño entero
para poder revolcarme por toda la costa
y ser mucha cosa feliz al mismo tiempo),

Es así porque siento que escribo al rayo del sol,
o cuando una nube pasapor encima de la luz
y corre un silencio por la hierba fuera.

Cuando me siento a escribir versos
o, paseando por los caminos con los pelos al aire,
escribo versos en un papel que está en mi pensamiento,
siento un cayo en las manos
y veo un recorte de mi
en la punta de una colina,
viviendo para mi rebaño y mirando mis ideas,
o viviendo para mis ideas y mirando mi rebaño,
y sonrío vagamente como quien no comprende lo que se dice
y quiere fingir que comprende.

Saludo a todos los que me leen,
tirandoles un beso largo
cuando me vean en la puerta
que me lleven a la punta de la colina.
Los saludo y los dejo solos,
y lluvia, cuando se necesita lluvia,
que tengan en sus casas
al pie de una ventana abierta
una cadera predilecta
donde sentarse, leyendo mis versos.
y al leer mis versos piensen
que soy cualquier cosa neutral —
Por ejemplo, un árbol antiguo
a la sombra del cual cuando niños
se sentaban con un juguete, cansados de saltar,
y limpiaban el sudor de la cabeza caliente
con la manga del la remera a rayas.

lunes, julio 01, 2002

para cesar aira

César Aira y los estallidos de impureza

Con motivo de la conferencia que dictó en Chile, el prolífico autor argentino conversó sobre su inclinación por los autores excéntricos, su rechazo a las vacas sagradas y la dificultad para escribir novelas de "verdad", como las de Dickens y Flaubert



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Es uno de los pocos escritores dispuestos a sacrificar la calidad, la profundidad o el sentido de una novela por el simple placer de inventar algo nuevo. "Entro lo bueno y lo nuevo, mil veces lo nuevo", repite una y otra vez César Aira (1949), inventor de cuarenta... cincuenta... quizá sesenta libros donde la aventura se mezcla con la fábula; el humor, con la paradoja; el pensamiento, con el delirio. Desconcertantes y siempre breves, sus novelas o "novelitas", como él mismo precisa, son fruto de una encomiable autodisciplina: en un café del barrio de Flores, donde vive desde hace más de una década, Aira escribe una página diaria con el mismo espíritu que animaba a Stubb en Moby Dick : "No sé muy bien lo que me espera, pero, de cualquier modo, iré hacia eso riendo". Experimentos científicos, guerras entre pandillas, conflictos conyugales y accidentadas travesías se suceden a un ritmo vertiginoso, serial, poco frecuente en la literatura "seria". Por lo mismo, resulta inevitable que sus lectores se pregunten, tras acabar La liebre , Cómo me hice monja o El llanto , si el autor es demasiado inteligente o simplemente un frívolo. Y es probable que la respuesta esté en el medio: Aira recupera el gesto del aficionado y juega con la banalidad con tal de hacer lo único que en definitiva le importa: contar una historia. El arte como acción pura. O mejor: pura invención. Aira inauguró en Chile el ciclo de conferencias "La valija del siglo XX", iniciativa organizada por la Universidad Diego Portales que durante esta temporada plantea la pregunta: ¿Qué novelas llevarías en tu valija de refugiado para el siglo XXI? No muy amigo de las respuestas enérgicas, ve en actos de este tipo "una oportunidad para pensar algunas cuestiones del oficio y tratar de aclarármelas". Con la misma sencillez va contestando esta entrevista que gira, obviamente, en torno a la charla que dio en el Café Literario de Providencia, pero también sobre sus lecturas chilenas. - Aquí se dice que Chile es país de poetas. ¿Consideras que nuestra narrativa es más débil que la poesía? -Libros como Hijo de ladrón o Valparaíso o Los esclavos de sus pasiones o La tiranía en Chile no podrían palidecer ante ninguna poesía, por buena que sea. La literatura chilena siempre me está dando sorpresas felices. Cuando ya creo que he agotado todas sus extrañezas, aparece algo más insólito todavía. Los chilenos tienen una fama bien ganada de razonables y disciplinados, que hace contraste con la anarquía mental de los argentinos, pero yo creo que estas características producen una presión que a la larga estalla, y cuando aparece un raro, es rarísimo. - ¿Emar por ejemplo? -Sí. Hace muchos años, en uno de mis primeros viajes a Chile, compré Diez y al día siguiente Emar ya era mi héroe, que estudié e imité con ahínco. Más que con Kafka, con quien lo relacionó Neruda, le encuentro afinidad con Gombrowicz. Recuerdo que junto con Diez compré el libro de Violeta Quevedo. Qué día memorable. Cómo no voy a aceptar invitaciones a venir a dar conferencias, si en las librerías de Santiago me pueden pasar cosas así. Y no sólo en las librerías. Mis amigos chilenos son generosos y me tienen bien diagnosticado: en cada viaje alguien me tiene preparada alguna golosina explosiva, por ejemplo, El hipódromo de Alicante de Héctor Pinochet. - ¿Qué significó para ti la antipoesía y qué efecto te provocó en relación con Neruda? -Espero que me sigan dejando entrar a Chile si digo que no tengo un especial aprecio por Nicanor Parra y en realidad, por Neruda tampoco. No me gustan las vacas sagradas, creo que son lo peor que le puede pasar a una literatura nacional, y cuando veo crecer uno de esos consensos de unanimidad, me pongo automáticamente en contra. - Bueno, has dicho que la obra de la Bombal tiene "pronunciadas caídas en la cursilería". ¿Es por llevar la contra? -Dejemos en paz a la pobre María Luisa, que ya bastante mal la pasó en vida. A mí no me gusta, porque no me gusta la vaguedad, ni las novelas poéticas, ni los escritores que no escriben. Pero cada cual elige lo que quiere y por suerte hay mucho de donde elegir. Cada lector es un mundo único, intransferible, y construir y habitar ese mundo, sin que nadie nos dé órdenes, es uno de los grandes placeres de la lectura. -A propósito del seminario, ¿cuál es la o las novelas del siglo XX? -Por supuesto, "novela" es una palabra y cada cual va a definirla a su gusto. Yo pienso que es un género del siglo XIX. Nació mucho antes, pero cristalizó con el nacimiento del capitalismo, registró su ascenso, y se realizó plenamente con su triunfo. En el siglo XX el nombre siguió usándose para libros que eran ruinas o deconstrucciones de las novelas "de verdad" y daban por sentada la capacidad de los lectores para "completar" lo que faltaba o quedaba en forma de jeroglífico, ya que estos lectores se habían formado en la novela del XIX. Aclaro que me refiero a la literatura propiamente dicha; por fuera de la literatura, en la llamada commercial fiction se sigue escribiendo la vieja novela decimonónica, y con gran éxito de ventas. -Aunque no haya en el siglo XX una novela a la manera decimonónica, me imagino que sí habrás encontrado personajes. -La deformación profesional me impide entrar alucinatoriamente en el mundo de la ficción, como cuando era chico y leía las novelas de Salgari. Cuando leo ahora no puedo olvidarme del hecho de que estoy ante un artefacto lingüístico, y sin ese olvido es imposible identificarse o conmoverse con los personajes. Mi personaje favorito siempre es el autor... pero ahora que lo pienso, veo que hay una excepción y es Dickens. Con él es imposible no volver a ser el lector adolescente que se lo cree todo, que convive con los personajes, se preocupa por su suerte y en la última página se despide de ellos con un desgarramiento. Hay algo mágico en Dickens. En sus novelas, siempre superpobladas, hay miles de personajes, y aunque aparezcan apenas durante cinco líneas, todos tienen vida y son memorables. - Se dice que el futuro de la novela está en el cruce de géneros. ¿Estás de acuerdo? -Tengo la esperanza de que el futuro desmienta todas las profecías, así que no quiero hacer ninguna. La mezcla de géneros viene de lejos. Ya Herodoto es una combinación de ficción con ensayo, crónica y autobiografía. La deconstrucción de la novela en el siglo XX nos devolvió a esas mezclas, después del período de "novela pura" del siglo anterior, cuyo ejemplo más extremo fue Flaubert. Pero lo que prefiero de Flaubert es Bouvard y Pécuchet , que es un maravilloso estallido del género. La pureza nunca dura, por suerte. La impureza es estimulante y liberadora -Tú rescatas el sistema de creación de las vanguardias, que hoy son consideradas ingenuas, pretenciosas o simplemente pasadas de moda. ¿Qué actualidad tienen para ti? -"Vanguardia" también es una palabra. Baudelaire la llamó "esa metáfora militar". Yo diría, simplificando y ateniéndome a mi propia definición, que siempre habrá escritores de retaguardia y de vanguardia. Es decir, los que escriben ajustándose a los gustos y las expectativas de los lectores y los que pretenden cambiar las reglas del gusto. "Escribir bien" es de retaguardia, porque los paradigmas para decidir qué está bien y qué está mal ya están determinados. El vanguardista está creando paradigmas nuevos. Dicho lo anterior, debo decir que yo no soy un auténtico vanguardista, porque me gusta demasiado la literatura del pasado. Me falta la violencia destructora del verdadero apóstol de lo nuevo. Pero me gustaría tenerla. Creo que soy un híbrido. -Ultimamente has mencionado a Fernando Vallejo como uno de los escritores vivos que te gustan. ¿Es él un apóstol de lo nuevo? -Mi entusiasmo por Vallejo quedó atrás (por Fernando, no por César). Me deslumbró La virgen de los sicarios , pero no sé si sería lo mismo si la releyera hoy. Soy un poco exagerado en mis pasiones del momento, me dejo llevar. Creo que fue La Rochefoucauld quien dijo "Admirar con moderación es signo de mediocridad". Yo que soy tan mediocre en tantas cosas, no lo soy en ésa. Pero el solo hecho de que un escritor como Vallejo despierte esas admiraciones, moderadas o inmoderadas, indica que no es un vanguardista. El verdadero vanguardista es inaceptable, inadmirable e ilegible. -Has dicho que la mayoría de las cosas que lees con placer son "vanguardistas, raras", pero que a ti la escritura te sale clásica. ¿Cuándo surge este interés por lo excéntrico y a qué crees que se deba, entonces, que se te considere un autor extravagante? -Seamos sinceros: toda biblioteca, hasta la más clásica y formal, es un catálogo de rarezas y excentricidades, cuando no de casos psiquiátricos. El tiempo suele limar las aristas y normalizar, pero aun así, bien pensado, ¿qué escritor no fue un "raro"? Uno se pregunta por qué, habiendo tantísima gente que escribe, hay tan pocos escritores buenos. Creo que es porque para que alguien llegue a ser un escritor realmente bueno tienen que coincidir en él dos cualidades opuestas: tiene que ser lo más inteligente posible, para poder escribir (que no es fácil) y simultáneamente tiene que estar lo más loco posible, para que lo que escriba valga la pena. Esa conjunción de extremos se da muy pocas veces, una en un millón, y el resultado es un Kafka, o un Proust, o un Pessoa, que es de quien voy a hablar en Santiago. -Cuando le comento a un amigo que estoy leyendo una novela de Aira, me pregunta ¿Y en qué página la arruina? A propósito de esto, ¿es intencional esa sensación de pérdida del control de la historia? -No, no es intencional. He hecho unos tibios intentos de enmendarme, pero la impaciencia siempre gana la partida. No me preocupa mucho; no quiero darles el gusto a los que me critican. Además, si ellos mismos reconocen que hay algo que arruinar, están reconociendo que había algo bueno. Creo que en el fondo se debe a que nunca les di importancia a los libros como productos bien terminados, con control de calidad. Lo que me importa, como lector y también como escritor, es el autor, su totalidad, el mito personal que construye con todos sus libros, buenos y malos, y no sólo con los libros: con su vida también.

Por Alvaro Matus El Mercurio, Chile © El Mercurio / GDA

martes, enero 22, 2002

el caleidoscopio de pichincha


por Rafael Ielpi, Extracto del libro "Rosario, del 900 a la 'década infame'" -Tomo IV- Capítulo "Los avatares de la mala vida". (Editorial Homo Sapiens).




La década de 1920 encontró a los prostíbulos sólidamente instalados en su barrio definitivo, y la sección 9.a de Pichincha, número que aludía a la correspondiente seccional policial, resultó a la postre una versión corregida y aumentada del movimiento sin pausa de su antecesora, la "cuarta" rumbosa. En sus citadas seis manzanas, se unieron junto a los "quilombos", que eran los convocantes principales, una real galería de comercios de todo tipo: alojamientos o pensiones baratas, fondas, comedores, parrillas, cafés, cafetines, oscuros bodegones innominados, despachos de bebidas anexos a un almacén, etc., que servían de sitio de recalada al gentío que recorría en forma permanente sus calles, especialmente los fines de semana en una complicidad de risas, gritos, gestos obscenos y canciones cantadas por desafinados coros de borrachos.

Rosario Gráfico, que hiciera permanente campaña contra los tratantes y el mundo prostibulario, describía en abril de 1932, ya cerca del ocaso de Pichincha, un escenario que no había cambiado en casi treinta años: "El barrio de Pichincha, como todos los de su género, es típico. Tiene una atmósfera particularísima. Se advierte en él más bullicio, más algazara, otro lenguaje, una modalidad propia de extramuros. Se ve al vendedor de baratijas, buhonero de la ciudad, a la meretriz pintarrajeada, como se ve al tipo rufián que lleva en el bolsillo el producto de las chapas ganadas por la infeliz a quien explota. Pichincha es un ojo abierto hacia la estación por la que llegan los pasajeros de todos los puntos del país, ojo que parpadea con ritmo truhanesco, pupila a través de la cual se refleja la llama sangrante de la prostitución".

Allí, en esa especie de mercado persa, se bebía, se jugaba a las cartas o a la taba, se discutía entre panzones por cuestiones de pupilas, se escuchaba a ignotos cantores que sin embargo pudieron en algunos casos ganarle su batalla al olvido, como aquel apodado "El Oriental", a quien se menciona en forma unánime como el más conspicuo de todos ellos. Habitualmente cantaba en varios de esos lugares como un semiprofesional que encontraba siempre audiencias proclives al aplauso: en "La Carmelita", en La Plata y Jujuy; en el café "El Simpático", de Jujuy y Suipacha, o su vecino "El Forastero", que mostraba la particularidad de su dotación de personal femenino para la atención de los parroquianos, algo que es hoy moneda corriente pero que entonces adquiría contornos de acontecimiento.

En muchos de esos cafés y cafetines cantaban asimismo algunos de los notorios de esos años, que eran ya profesionales conocidos, desde el propio Carlos Gardel (se dice) al uruguayo Néstor Feria, que por entonces gozaba de mucha popularidad, incluyendo asimismo a muchos de los payadores de aquel tiempo, exponentes de un género entonces apreciado y bastante masivo y hoy prácticamente confinado al interés de los folklorólogos o al pintoresquismo de algún programa de televisión, que termina por quitarles lo poco que les queda del encanto de aquellas improvisaciones repentistas y muchas veces ingeniosas y de aquellas grandilocuencias patrióticas y románticas, conmovedoras en más de una ocasión.

Los payadores tenían una audiencia atenta y propensa al encomio en esos recintos llenos de humo, olorosos a frituras y al inconfundible aroma del asado a la parrilla, proveniente de las muchas que se contaban en la zona. Una parte permanente de la clientela de esos lugares eran hombres de la campaña, en algunos casos del interior de la provincia o de otras provincias, para quienes el canto y la música de esos hombres resultaba familiar, atractiva y seguramente entrañable.

Los valses y milongas estaban entonces de moda y algunos de esos payadores, como Luis Acosta García, de encendido numen libertario, al igual que su colega Martín Castro, han pasado incluso a la historia de este género tan especial de la música rioplatense, aunque muchas veces sus milongas de protesta social los llevaran a recalar en húmedos calabozos. Los payadores que arribaron a Rosario desde 1890 a 1930 fueron incontables y de distintos méritos en el arte de la improvisación, desde los legendarios morenos Gabino Ezeiza e Higinio Cazón al melancólico José Betinotti, cuyo vals Pobre mi madre querida hiciera lagrimear a muchos, o los también valorados entonces Antonio Caggiano, Pedro Garay (quien se radicaría en Rosario alrededor de 1930 y moriría en la ciudad) o el también moreno Luis García.

Otros, la mayoría, se perdieron en el anonimato o quedaron apenas como una mención elogiosa pero difusa en boca de añosos sobrevivientes del esplendor prostibulario, como aquel cantor de voz melodiosa del que sólo se rescatara el gráfico mote de "El Tuerto Gimond". Mucha mayor suerte tendría otro cantor que, por aquellos años lejanos, entre los finales de la década del 20 y bastante entrada la de 1930, supo hacer sus primeras armas de guitarrero y decidor en Pichincha y tras de cuyo apellido real, Chavero, se escondía entonces el luego internacionalmente respetado y admirado Atahualpa Yupanqui, quien recordó más de una vez sus experiencias juveniles en esa zona de prostitutas y rufianes frecuentada también por humildes peones rurales,"golondrinas", estibadores y carreros a los que su música y sus letras traían seguramente intransferibles añoranzas.

Aquella acumulación de recintos gastronómicos y etílicos tenía una variedad sorprendente no sólo en sus niveles de calidad sino también en otros detalles menores, anécdotas y personajes que les eran asiduos. Casi a la cabeza de todos ellos, por la afluencia de parroquianos y por la fama de algunos de éstos, estaba el llamado primero "Giandujia" o "Gianduia" y luego "La Carmelita", ya mencionado anteriormente, cuya primera propietaria, cuando el local estaba instalado en la sección 4.a, era una catalana buena moza llamada Carmelita Margarit, de desenvoltura y belleza que atraían por igual a los jóvenes empleados del vecino Ferrocarril Central Argentino y a otros clientes de la parrilla.

Uno de ellos, el varias veces mencionado Antonio Berni, era ya un prometedor artista plástico y se contaba asimismo entre los que "le arrastraban el ala". Carmelita (que prodigaba sonrisas a todos y había recibido incluso pedidos de casamiento de algunos altos jefes ferroviarios) se casó finalmente con Pedrín, uno de los mozos del entonces "Gianduia", llamado en realidad Pedro Tamagno, que sería quien manejaría el negocio familiar en Pichincha.

"El Gianduja, denominación aplicada al establecimiento muchos años por su fundador piamontés, ocupaba un amplio terreno con entrada por Avenida Wlieelwright al 1561, existiendo en su interior varias canchas a la sombra de añosos aguaribays que, en la época de madurar, alfombraban el suelo con sus pequeños frutos intensamente rosados. Aquel concurrido local al que se penetraba por un amplio salón destinado a comedor, de cuyo techo pendían espirales de engominado papel para capturar el mosquerío atraído por aromáticos efluvios gastronómicos, lo atendía su propietaria, la hermosa y joven catalana Carmelita Margarit. Entre los fuertes golpes de bochas salpicados con los de tejos de bronce tratando de embocar a los sapos de los varios juegos allí existentes, constantemente escuchábase la orden de la dueña; "¡Pedrín, port un bal de vin"! o bien "¡Pedrín, lava las copas!", pedidos obedientemente satisfechos con felina presteza..." (Wladimir Mikielievich).

En las mesas de "La Carmelita" se sentaban noche tras noche muchos de los conocidos de la época, como el propio Gardel, que compartían el local con gente de teatro, del periodismo y de las artes plásticas pero también con buena parte de la fauna estrictamente prostibularia, que lo tenía como uno de sus comedores preferidos, aunque algunos "pesados" como el Paisano Díaz fueran presencia habitual en "La Chiquita", otra parrilla vecina, también sobre calle Pichincha. En "La Carmelita", por citar sólo un ejemplo, en los primeros años de la década del 20, dos autores teatrales disímiles pero valiosos como el italiano Darío Nicodemi y el porteñísimo Alberto Vaccarezza, compartieron un bien servido banquete con sus respectivas compañías (italiana una, nacional la otra) que habían coincidido en sus actuaciones en Rosario.

"Frente a la parrilla, una competencia empeñosa trataba en vano de emular y sustituir al viejo "Gianduia" trasladado a Pichincha: "El Infierno", que no tuvo demasiada suerte en esa empresa y cerró sus puertas al cabo de una década, dejando indemne sin embargo su satánico nombre y más de un testimonio acerca de su condición de ámbito propicio para la actuación de cantores, payadores y músicos populares.

"La muchachada, entonces, no tenía muchos lugares donde ir: teatro, había poco, cine lo mismo; los fines de semana se iba a los bailes o bien, de tanto, en tanto, algunas noches especialmente, yo y mi grupo de amigos íbamos a un lugar que se llamaba El Infierno, donde se comía muy buen asado y había guitarreros de todo el interior del país. Otras noches nos íbamos al prostíbulo, no siempre con la intención de estar con las mujeres. íbamos a charlar, a beber, a divertirnos". (Antonio Berni)

"La Gran Siete", un amplio salón con escenario al fondo, atraía en la vecindad a una heterogénea clientela, entusiasta de la música de todo tipo y de las excentricidades propias del varíete de la época, que tenía sus muchos adeptos por cierto y por el que desfilaban bailarines de charleston o de foxtrots y ejecutantes de instrumentos poco convencionales como el serrucho o las botellas con distintos niveles de agua en su interior; un tiro al blanco instalado en un anexo del mismo negocio despertaba asimismo el interés de los amantes de aquel. Como se advierte, toda una gama de entretenimientos que conjugaban la habilidad y la práctica con el talento de innatos artistas que nunca conocieron un conservatorio.

"Pronto estuvimos metidos en la muchedumbre que habitualmente llenaba las aceras y calzadas de esa calle, convertida, sin decreto alguno y especialmente los sábados a la noche, en calle peatonal. De un lado, las casas, una junto a otra, continuándose en ambas esquinas por las calles transversales hasta los límites mismos de ese barrio, donde funcionaban boliches de todas clases, con y sin espectáculo, garitos y churrasquerías, dos de ellas frente afrente: El Infierno y La Carmelita, famosas no sólo por sus parrilladas, especialmente la segunda, sino por sus cantores, entre los cuales descollaba un joven algo obeso, porteño, que viajaba expresamente a Rosario los fines de semana y que se llamaba Carlos Gardel... Del otro lado, como si esa acera hubiese sido reservada para la pausa, solamente cafetines oscuros, boliches, un bar más importante, La Alameda, llamado también El Templo del Tango y en la esquina un cine-teatro cuyos grandes afiches anunciaban filmes pornográficos que en realidad no eran más que viejas películas mudas en las que se habían insertado aquí y allá, sin sentido alguno, fragmentos con rápidas escenas de coitos, fellatios y cosas por el estilo. Todo un pequeño imperio prostibulario formado por ochenta establecimientos donde se alojaban 1800 mujeres de todas clases y nacionalidades y cuyo único monarca era el Paisano Díaz".

Este tipo de locales de varieté, como el mencionado "La Gran Siete", contó también con adherentes fieles, y fue esa proclividad la que posibilitó, por ejemplo, la larga vida del llamado "Varieté de Doña Julia", en la esquina de Pichincha y Jujuy, en cruz con el Teatro Casino. Su propietaria, menuda de físico pero férrea de mano para conducir su negocio en semejante ambiente, había incursionado antes en el género con "El Gato Negro", en la sección 4.a, homónimo del posterior quilombo de Pichincha.

Aquella Julia Carvelli del varieté estaba emparentada a la vez con otro de los personajes reconocidos de ese variado mundillo: Pedro Mendoza, cuya casa de juego, una timba clandestina en realidad, se constituía noche a noche en uno de los mayores atractivos para la concurrencia, a través del monte criollo o del monte "con puerta", juego de naipes en el que se perdía en una mano lo ganado en una quincena de trabajo, o de alguna eventual partida de taba en la trastienda.

Allí también, pero esta vez a "suerte" o a "culo", se ganaban y perdían los pesos de quienes los habían juntado, por lo general, tras agotadoras jornadas estibando bolsas o arriba de los carros de transporte de mercaderías o en alguno de los mercados de la ciudad. La timba de Pedro Mendoza, cuyo edificio se levanta aún en la actual calle Ricchieri entre Güemes y Brown, era también escenario de trifulcas y entreveros, ante los cuales la policía de la seccional hacía la vista gorda o intervenía recién cuando las cosas pasaban a mayores.

"La connivencia policial, que evita por lo común la intervención en los asuntos relacionados con la timba de Mendoza, le permite a su propietario amasar una respetable renta que también, como su suegra doña Julia, posibilitará sus inversiones posteriores, muchas de ellas conectadas con el juego prohibido. Pedro Mendoza, que no aparece nunca en las noticias periodísticas ni en los archivos policiales, diligentemente limpiados por sus influyentes amigos políticos, representa después de los dueños de ¡os prostíbulos -escalón mayor- una verdadera potencia económica en la zona... (Ielpi-Zinni)

En su garito se produciría uno de los tantos episodios sangrientos que tendrían al barrio de Pichincha como escenario. Allí, el 24 de enero de 1924, el famoso músico Ernesto Ponzio, autor del célebre tango "Donjuán", que había sido invitado a un asado y ulterior jugada de taba, se trenzó en una discusión con el Paisano Díaz. Como era previsible, tratándose de dos hombres del pesado ambiente prostibulario, ya que Díaz era, como se dijo, uno de los tantos matones de la zona y Ponzio, que también ejercía como proxeneta en Pichincha además de dirigir una orquesta en el "Cine Mitre", de Jujuy y Pichincha, era asimismo hombre de avería, el entredicho terminó cuando el músico sacó su revólver y disparó contra el Paisano, aun cuando el destinatario del balazo fatal no sería éste sino otro de los concurrentes, Pedro Báez.

La Capital afirmaría al comentar el suceso, respecto de la timba de Pedro Mendoza, que "su clientela está formada por toda clase de profesionales del delito". En el furor moralizante posterior al golpe de Uriburu, Mendoza fue detenido el 3 de mayo de 1931 como parte de una redada policial dirigida por el propio Jefe de Policía rosarino Rodolfo Lebrero e impulsada en especial por un sector de la prensa local, en este caso el diario La Tribuna, uno de los más encendidos propulsores del cierre de los prostíbulos y otros ámbitos anexos.

Pedro Mendoza había mandado construir, para residencia, en la década del 20, una mansión en la por entonces no demasiado abigarrada zona oeste de la ciudad, en la esquina suroeste de Mendoza y Guatemala, donde la imponente estructura (imponente sobre todo en relación con el paisaje circundante entonces) despertaba la curiosidad y la envidia de los vecinos. Convertida después, por largos años, en un sanatorio para enfermedades mentales, el del doctor Fracassi, se mantiene gallardamente incólume en los primeros años del siglo XXI funcionando como un geriátrico.

La galería de boliches, bolichones, bares, cafés, cafetines y despachos de bebidas es extensa, pero pueden consignarse algunos de los más recordados, todos ellos emplazados en un radio de tres o cuatro manzanas, a veces uno enfrente del otro cuando no casi uno encima del otro, o compitiendo palmo a palmo en la misma vereda de la misma cuadra el fervor de una clientela heterogénea como para dar ganancia a todos esos comercios:"El Levante", en Pichincha al 100, cuyo nombre aludía seguramente más al lunfardismo de "conquistar una mina" que a los países de la parte oriental del Mediterráneo; el "Acrópolis", que hacía presumir propietarios de origen griego, enfrentado al anterior; el "Boliche de la Picada", en Güemes esquina Pichincha; "El Noy", en Salta al 2800; el "Gambrinus", en Salta 1985 y "El Aviador", en la misma cuadra; el "Jardín de Francia", en Avenida Francia y Salta, a los que pueden sumarse el "Boliche de Alonso", en Suipacha y Brown, y "El Ferrocarril", dos de los más antiguos del barrio, ya que se instalaron antes de la Primera Guerra Mundial; "La Maravilla" y el bodegón conocido como "Don Pablo" primero y como "Cacciabue" más tarde, al producirse el cambio de propietario, en Suipacha y Jujuy.

Emblemática presencia en las proximidades de la estación Sunchales fue (y es aún, con el "aggiornamiento" que demandan los tiempos) la de "El Riel", en la esquina suroeste de Rivadavia y Santiago, que en la época del apogeo de Pichincha convocaba, casi desde el alba, a una clientela cotidiana integrada sobre todo por estibadores del puerto y ferroviarios, como correspondía al nombre del local, propiedad entonces de la familia Olmos.

jueves, julio 12, 2001

giribaldi

extraído de "the absolut remiser"

Daniel Giribaldi, Sonetos Mugres, 1968

El llamado
Hacía ganas de morir. Llovía.
No había dónde ir. Daba pavura
la noche afuera. Y en el alma oscura,
la lluvia que caía y que caía.

Un fanfa batiría: “la hice mía”.
Pero no. Me mojé con tu ternura.
Cebaste mate. En la catrera dura
me ayudaste a llegar al otro día.

¿Hoy? Quizás el balurdo ya no funque.
Tal vez sus mates con tu yerba cebe
un dorima tarúpido y cualunque.

Pero hace ganas de morir y llueve
y quiero estar con vos. Mi telefunque
es tres siete, dos siete, siete nueve.



****

Yo soy aquel

Yo soy aquel que ayer nomás batía
el verso mugre y la canción ranera.
El que casi amasija a una mechera
que el mate cebó con agua fría.

El que quilombizó la taquería
la vez que cayó en cana en la tercera,
cuando escribió en una pared fulera:
¡Quevedo volverá! La Poesía...

El trompa y el peonacho de la rima,
el que apiló palabras a destajo,
el que en la viola fue bordona y prima.

Y al fin de su jornada de trabajo
siente que el mundo se le viene encima
y canta un mundo que se viene abajo”

***

Gatica muerto
LLenó el ring, cacheteando con holgura
a cuantos le buscaron el mamporro,
mostrando el tigre y escondiendo el zorro,
dura la mano y blanda la cintura.

Un día, lo encanó la mishiadura
(pavura por el lastre y el cotorro).
Baten que fue por culpa del atorro.
¿Para qué discutir? ¡No tiene cura!

Gatica se piantó, como Carlitos:
no hubiera estado bien que fuera abuelo
y sus nietos le dieran regalitos.

Después de todo, nos dejó el consuelo
de saber que en los cielos infinitos,
se faja con los ángeles del Cielo.

***

Malevo muerto

Ya le jugó a la muerte el desempate
y ya perdió, cantando p´al carnero.
Ya su puñal es briyo sin acero,
ya no importa el motivo ni el combate.

Su historia es la de un pulso que no late;
su gloria, un paraiso arrabalero
donde ronca un arcangel patotero
y un santo cachafaz le ceba mate.

No la va con las alas de querube;
él, que nunca en el barrio de las latas
soñó que iba a atorrar en una nube.

Y pasa, cachaciento, al otro verso,
donde Dios lo recibe en alpargatas
mientras le da manija al universo.


En la buena
A Julio Cortázar

Cuando vuelva a París y una franchuta
me dé alivio al bolsillo y a la pena,
desde algún puente escupiré en el Sena
y gozare el frescor de la viruta.

Libre del manyamiento de la yuta,
cargaré a maringotes: "¿mala o buena?"
En la Sorbona estudiarán mi esquema
y en diez mil ateliers, mi facha bruta.

Nunca me rascaré, ni aunque me ensarne,
pues viviré de ronga entre los tracas
y siempre en mi ganchera tendré carne.

Pero, gordas al fin las vacas flacas,
atorrando feliz cerca del Marne,
¡extrañaré la roña de Barracas!

***

"Daniel Giribaldi publicó “Sonetos Mugres” en 1968. Fue por editorial Sudestada, que por ese entonces ya había sacado “Las condiciones de la época” de Joaquín Giannuzi y “Las patas en las fuentes” de Leonidas Lamborghini. A pesar de un prólogo de Gobello y un epílogo más que laudatorio de José Barcia, la suerte literaria de Giribaldi fue mínima. Se lo recuerda todavía en Rosario, cuando un par de lectores aislados preguntan, muy de vez en cuando, qué pasa que nadie habla de él. Y es extraño, porque son un puñado de sonetos entrañables, sinceros, muy bien construidos. Sonetos en donde el lunfardo no viene a saturar la estructura clásica, sino a oxigenarla, a darle sentido. Varios poetas argentinos le entraron al soneto, pero unos pocos domaron esa fórmula. La musicalidad de Banchs, la aguda percepción de Wilcock y, sin duda, la entrañable voz ciudadana de Giribaldi". (texto sacado de "Al mar por naranjas")


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Palabras de Antonio Requeni sobre Giribaldi
"... Algunas noches, poco antes de las 12, sonaba el teléfono del escritorio que compartía con Calvetti y uno u otro oía la voz de Daniel Giribaldi que, parafraseando el verso de Rubén Darío, exclamaba: “¡Torres de Dios, poetas!”. Daniel Giribaldi era periodista de “Crónica” y autor de magníficos sonetos lunfardescos. Cuando nos llamaba a esa hora era para darnos cita, un rato más tarde, en un bar infecto-contagioso de la Avenida de Mayo, junto al restaurante Pedemonte. Más de una vez nos encontramos allí, al terminar nuestros respectivos trabajos. Giribaldi, Calvetti y yo, juntos con otros dos periodistas de “La Prensa”: José Luis Macaggi, autor de un Diccionario Gardeliano, y Hernán Giménez Zapiola. Nos servían sendos vasos de vino y unos platitos con porciones de tortilla o fiambre. Yo, el más virtuoso, tomaba solamente el vaso de vino, o medio, y al rato me despedía para regresar a casa mientras los compañeros seguían “hasta altas copas de la madrugada”.En su vida exterior, Giribaldi jugaba a parecerse a lo que en porteño llamamos un “reo”. Tal vez lo fuera de verdad. Recuerdo una medianoche de invierno en que la niebla invadía una Avenida de Mayo despoblada y fría, casi fantasmal. Caminábamos con nuestro amigo en dirección al bar cuando una prostituta, desde la vereda de enfrente, lo saludó con el brazo levantado: “¡Chau Giribaldi!”Giribaldi murió en 1985, a los 54 años, y como correspondía en él, de una cirrosis hepática. Como poeta, encontró en el lunfardo la mejor manera de expresar su talento. Un lunfardo a ratos metafísico, con el que acertó a transmitir no sólo una visión entre crítica y humorística de la idiosincrasia y las costumbres del hombre de Buenos Aires, sino sus propias preocupaciones existenciales y hasta sus inquietudes religiosas. Hombre de extensa cultura, gran lector de Quevedo y traductor de Baudelaire (él lo llamaba Carlitos Baudelaire), vivió para la noche, las copas y los amigos, y para servir a la poesía, esa diosa cuyo resplandor, según Calvetti, también alumbra la noche de los bodegones. Y como servidor que era, se consideró, humildemente, menos poeta y periodista que artesano de la palabra. Con el soneto titulado, precisamente, “El Artesano”, de “Bien debute y a la gurda”, libro que tuve el privilegio de presentar una noche en “El Viejo Almacén”, quiero poner término a esta charla un tanto deshilvanada sobre poetas y periodistas. El soneto de Giribaldi comienza con un juego paródico en el que imita los versos iniciales de una famosa composición de Darío: “Yo soy aquel que ayer nomás decía/ el verso azul y la canción profana...”. Giribaldi escribió:“Yo soy aquel que ayer nomás batía/ el verso mugre y la canción ranera./ El que casi amasija a una mechera/ que el mate cebó con agua fría.// El que quilombizó la taquería/ la vez que cayó en cana en la tercera,/ cuando escribió en una pared fulera:/¡Quevedo volverá! La Poesía...// El trompa y el peonacho de la rima,/ el que apiló palabras a destajo,/ el que en la viola fue bordona y prima.// Y al fin de su jornada de trabajo/ siente que el mundo se le viene encima/ y canta un mundo que se viene abajo”



(*) Texto leído por Antonio Requeni en su incorporación a la Academia Nacional de Periodismo. Requeni también es miembro de la Academia Argentina de Letras.Nació en Buenos Aires en 1930. Su obra abarca el ensayo, la narrativa y la poesía.Entre otros poemarios publicó “Línea de sombra” (1986, Primer Premio Municipal de Poesía) e “Inventario” (1974). En 1984 obtuvo el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina (
sacado de Poesía El jabalí)


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Clarín, 1 de noviembre de 1997

CON GUITARRA Y BANDONEON

Evocaron al poeta Daniel Giribaldi
Jorge Marziali y Susana Ratcliff cantaron sus poemas
Giribaldi escribió sonetos en lunfardo
A trece años de la muerte del poeta porteño Daniel Giribaldi, cerca de 150 personas se reunieron ayer en el auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional para escuchar el recital "Todo fue una broma", en homenaje al recordado autor de poemas lunfardos y de la novela inédita titulada "Quilmes tomadas en los jardines de Flores".
Desde las 19, frente a un público adulto en su totalidad, el cantautor Jorge Marziali interpretó una serie de poemas de Giribaldi, con el acompañamiento en canto y bandoneón de Susana Ratcliff.
Diógenes Jacinto Giribaldi nació en Nueva Pompeya en abril de 1930 y murió el 2 de noviembre de 1984. Hacía ganas de morir. Llovía, escribió en una oportunidad. Y llovía el día de su muerte.
Fue agrónomo, bailarín de tango y periodista, además de poeta. Se autodenominaba el peonacho y el trompa de la rima. Publicó sus poemas en Agua reunida, Bien debute y a la gurda y La construcción del laberinto.
Su versión lunfarda del clásico de Cervantes, Milonga de Don Quijote, es una de sus obras más secretamente recordadas. Además, dejó varias novelas inéditas, prolijamente encarpetadas. Era un soñador, un bohemio, y reflejaba la vida porteña a veces con humor, a veces con crudeza, y casi siempre con ironía.
Sonetos mugre
En 1966 Giribaldi publicó sus Sonetos mugre, siete series de siete, precedidas de un soneto que sirve de presentación. Yo elijo el lunfardo como lengua literaria, afirmó alguna vez el escritor.Tuve también mis buenas; pasé el trapo/ en más de un entrevero carpetero./ Siempre que escuché envido/ canté quiero./ De confiado nomás, nunca de guapo, decía Giribaldi en una de las estrofas de El mangazo.
Anoche, el mendocino Marziali -también periodista y compañero de redacción de Giribaldi- interpretó, guitarra en mano, adaptaciones de textos del poeta homenajeado, y arrancó sonrisas y hasta algunas carcajadas del público.

lunes, junio 25, 2001

frag. Tirso de molina, el burlador de sevilla

2430 CATALINÓN: Cena con tu convidado,
que yo, señor, ya he cenado.
JUAN: )He de enojarme?
CATALINÓN: Señor,
(vive Dios que huelo mal!
JUAN: Llega, que aguardando estoy.
2435 CATALINÓN: Yo pienso que muerto soy
y está muerto mi arrabal.
Tiemblan los CRIADOS
JUAN: Y vosotros, )qué decís
y qué hacéis? Necio temblar.
CATALINÓN: Nunca quisiera cenar
2440 con gente de otro país.
)Yo, señor, con convidado
de piedra?
JUAN: (Necio temer!

Si es piedra, )qué te ha de hacer?
CATALINÓN: Dejarme descalabrado.
2445 JUAN: Háblale con cortesía.
CATALINÓN: )Está bueno? )Es buena tierra
la otra vida? )Es llano o sierra?
)Prémiase allá la poesía?
CRIADO 1: A todo dice que sí
2450 con la cabeza.
CATALINÓN: )Hay allá
muchas tabernas? Sí habrá,
si no se reside allá.
JUAN: (Hola, dadnos de cenar!
CATALINÓN Señor muerto, )allá se bebe
2455 con nieve?

jueves, junio 14, 2001

para todo por dos pesos















lunes, marzo 12, 2001

el poeta dice la verdad

quiero llorar mi pena y te lo digo
para que tu me quieras y me llores
en un anochecer de ruiseñores,
con un puñal, con besos y contigo.

quiero matar al único testigo
para el asesinato de mis flores
y convertir mi llanto y mis sudores
en eterno montón de duro trigo.

que no se acabe nunca la madeja
del te quiero me quieres, siempre ardida
con decrépito sol y luna vieja.

que lo que no me des y no te pida
será para la muerte que no deja
ni sombra por la carne estremecida

f. g. l.

viernes, diciembre 31, 1999

sea

había una vez una fiesta. yo era el marido de la novia que no se estaba por casar, era uno de la fiesta, también, era de la organización de la fiesta. la fiesta se llamaba..., tenía nombre pero no me lo acuerdo. era una fiesta de locos, y era una fiesta de cretinos. estaba lleno de cretinos por todos lados. ese día yo caminaba sólo, en medio de la fiesta. charlaba dos palabras con gente conocida, y tres con gente desconocida. era una fiesta grande a su manera. en la piscina nadaban dos peces y un señor con una señora de treinta y tres años. lo recuerdo porque todos hablaban de la edad de cristo, esa noche, en la fiesta. la señora iba desnuda y se tiraba del trampolin de la piscina, y quería atrapar los pescados. el señor solamente tomaba un daikiri y saludaba. lo recuerdo porque esa era la parte de la fiesta que había organizado george. no quiero hablar de george, después de su desaparición todo se transformó en un escandalo, sobre todo porque tuve que ocuparme yo de su rosarito, lo que nos costó no pocos problemas con la gente de la fiesta, porque son chismosos. no tienen nada que hacer e inventan historias sobre los demás, y más allá que se equivoquen o no (y siendo que casi nunca se equivocan), qué se tienen que andar metiendo, no?
había una vez una fiesta, así empieza, y así siempre quise empezar a contarla...

domingo, diciembre 26, 1999

ponga mozo mas champan que todo mi dolor lalala ha de estar

george me dijo que me encargara de organizar todo para que todo salga como tiene que salir. la fiesta será un éxito, eso es ineludible, inevitable, pero hay que ocupar el tiempo mientras tanto para que ser más todavía, para que sea inolvidable. ya hemos organizado otras fiestas. con roberto una vez hicimos una de tamaño normal, recuerdo que como era verano todas las chicas se metieron en la pileta cantaban canciones de copani.
pero una sola hicimos inolvidable. las chicas en esa no solo se volvieron locas, tambien se pusieron a cantar canciones de copani, pero esta vez agregaron desinhibicion total y se tocaban. y eso que no habiamos puesto nada en las copas. las chicas son unas locas, es por eso. roberto siempre lo dice. george quiere que invitemos a las chicas, y a otras tambien, y a mas. que sean muchas chicas y todas locas porque esta fiesta tiene que ser inolvidable, tiene que superar a la anterior. como tenemos el éxito de antemano yo me ocupo de comprar las cosas y él se encarga de las invitaciones. "tiene que haber tres chicas por compañero", dice. pero como yo no conozco tantas le dejo esa tarea a él y yo me encargo de las bebidas y los comestibles que es mi rubro preferido. para esta fiesta tengo pensado todo a base de pescado, ostras y esas cosas. después los dulces también, unas sorpresas indescriptibles. tengo de todas las recetas y tengo cinco cocineros trabajando para mi. yo les digo "ponga por favor mas huevo aqui" y ellos me hacen caso. no es cuestión, para algo se les paga.
los demás muchachos no se pueden ocupar de la organizacion de la fiesta porque están trabajando pero todo será reflejado en el valor de la tarjeta. las chicas estan estusiasmadas, me llamaron cinco ya por teléfono y me confirmaron la presencia, me dijeron "me llamo tu amigo george", dos de ellas me dijeron "es un divino" y tres "es medio estúpido", me dijeron. de las tres que me dijeron eso, dos me dijeron "buenisimo lo de la fiesta, sabes si va a estar ... X persona" porque preguntaron por dos amigos diferentes. la otra me dijo "y vos vas con alguien porque a mi me gustaria verte esa noche". a mi me exito, pero más me exitó la otra, una de las que dijo que george es un divino, que me dijo "de todas maneras a mi me interesas vos, asi que prepara una habitación para nosotros porque esa noche me pienso poner todo para vos y quiero que hagamos el amor cinco vueltas". me exitó tanto que no le pude responder "pero que te pensas que soy, un pollo al spiedo".
pollo al spiedo no preparé, me parece que es algo re out. de todas maneras el menú esta abierto a cambios, y quedan unos dias de preparativos todavia...