viernes, marzo 02, 2018

afinación

Un día no hace mucho mi amigo el pianista me llamó desde un país remoto por skype y tocó algo con un piano desafinado en el lobby de un hotel. Tiempo después me habló de que estaba experimentando nuevas afinaciones en los instrumentos, siguiendo una linea con el universo.
No tardó mucho en aparecer un músico famoso haciendo payasadas con las cuerdas del piano y cantando histriónicamente. Mi amigo a ese músico no lo vio, pero después de eso no lo vi más hacer experimentos, se dedicó solamente a tocar el instrumento.
Mi amigo, que conoce perfectamente mi piano (y que cuando viene de visita no lo toca porque está muy desafinado aunque él aparenta no hacerlo por respeto a los vecinos), también es protagonista de la historia. Porque mi madre, que es su madrina, después de haber ejecutado para nosotros en sucesivas oportunidades osías el osito en mameluco, manuelita vivía en pehuajó y estamos invitados a tomar el té, había sido la última en tocar acordes completos acompañándose con la otra mano sobre el teclado. Hasta que llegó mi amigo y lo tocó un par de veces, transformándose él mismo en el último ejecutante de una pieza de música sobre el teclado abandonado y eternamente silecioso del piano que ocupa un lugar en mi casa, el lugar en el que seguramente en breve habrá otra cosa, una biblioteca, o cualquier otra cosa, pero para siempre será el lugar en donde estaba el piano.

New York


Cómo llegó un piano a casa, quizás no sea la pregunta correcta. O no fuera una intriga en sí misma. Pero abrir la caja del piano y leer New York tenía una magia. Era como viajar.
Pero uno no viajaba, sino que era al revés: el piano había viajado para llegar hasta nuestra casa. Y ni siquiera desde Nueva York sino de una ciudad llamada Rochester, cercana a New York pero tampoco quizás tan cercana.

Internet, que sabe todo, de a poco va entregando información: resulta que Brewster es una de las fábricas de piano que luego de la caída de la bolsa de 1930 tuvo que cerrar su fábrica. Las cosas no terminaron bien se ve, en su momento. Pero el dato que nos entrega es que, seguramente, el piano que habita en casa fue fabricado seguramente antes de esa fecha, estamos hablando de que como mínimo este piano tiene 88 años.


Otra página dice lo que sigue:

BREWSTER The Brewster piano is one of the best known and most popular instruments of its grade in the market today. There have been sold within the past few years many thousands of Brewster pianos and players. In fact, there is hardly a place in the United States where the Brewster is not represented by the leading piano houses of the country and, as above stated, very extensively sold. The case designs of the Brewster piano are created in accordance 'with the prevailing vogue in furniture, and its reputation has been greatly enhanced by the attractiveness of styles. The scales of the Brewster piano have been drafted with the utmost accuracy, and the quality of materials used and the care exercised in its manufacture combine in making an instrument of an especially good quality and durability. 



no es un piano cualquiera

El piano es, sigue siendo de algún modo, de mi abuela Perla. Mi abuela está viva aún pero hace mucho tiempo que está dudando si sigue. Yo siempre temo que si me deshago del piano, bueno, suceda al mismo tiempo que vaya a partir. Temo porque puede ser que pase, las probabilidades son altas, la vieja está más cansada y vieja cada día.
Pero cuando no era vieja, sino una chica muy joven, no siguió estudiando en la escuela, porque en esa época la gente del campo solamente hacía la primaria. Mi abuela era hija de la directora de la escuela de un pueblo de 2000 habitantes, un pueblo muy cercano a una ciudad que ahora tiene 80000 habitantes pero que en ese momento debería haber tenido 30000 como mucho. Esto quiere decir que el pueblo, si bien pequeño respecto a la ciudad, no era tan insignificante como ahora que, teniendo 80000 la ciudad el pueblo apenas llega a 500 y quizás menos habitantes.
Pero en ese momento vivía gente.
Y la madre de mi abuela, o sea mi bisabuela, era la directora de la escuela. Y un día mi abuela le dijo a su madre que ya terminaba la primaria y no iba a estudiar más. Imagino que pudo haber sido así o quizás mi bisabuela le habría dicho a la muchacha que era mi abuela en ese entonces que si quería seguir algún tipo de estudio se iba a tener que trasladar a la ciudad cercana, y probablemente mi abuela que era hija única, en su comodidad, quizás deslizó que prefería estudiar alguna cosa puntual antes que hacer todo el secundario.
Así fue que mi abuela se puso a estudiar el piano. Se trasladaba dos veces por semana desde el pueblo hasta la ciudad, a unos 30 km, para tomar clases de piano. En el mismo traslado aprovechaba el viaje un amiguito que resulta que hoy es el padre de un amigo mío, todo queda en familia. Viajaba a estudiar otro instrumento, que fue variando con los años: primero fue la flauta, luego la guitarra, para terminar en el arpa.
Mi abuela progresó, suponemos, en el estudio del piano, y con el tiempo fue tomando fuerza. No pasó tanto tiempo hasta que llegó a transformarse en la profesora de piano de la escuela que dirigía su madre, o sea mi bisabuela. Trabajó ahí un tiempo. Yo ayer me puse a calcular cuántos años tengo yo y cuántos tendrían mis abuelos cuando tal o cual cosa. Seguramente eran mucho más jóvenes de lo que yo soy ahora, que recuerdo todo esto, así como ellos pasaron recordando el resto de sus vidas, por lo menos desde los 60 años hasta ahora, la época en que vivían en el pueblo, mi abuelo trabajaba en el campo y luego tuvo la carnicería, mi abuela era la profesora de música del pueblo. Y el día que cayó Perón todo cambió abruptamente.



II
Mis abuelos eran antiperonistas, y el cuando vino la libertadora tuvieron miedo de que se tomaran una revancha con ellos. Mi madre apenas tenía 3 años y otra cosa con 3 eran los 30 km que los separaba de la ciudad. Así que agarraron sus cosas y se fueron a vivir a la ciudad, y no volvieron ya casi nunca más, como hacía mi abuelo siempre. Mi abuelo era así: nunca más era nunca más. Así como una vez lo estafaron en las carreras de caballos y nunca más volvió a apostar, así fue como nunca más volvió a pisar el pueblo ni siquiera para cobrar.
Porque resultó, según me enteré después, que cuando cerró la carnicería y se fue, medio pueblo le quedó debiendo el fiado de la carne. Y mi abuela, que era todavía la profesora de música de la escuela del pueblo, siguió yendo y cada tanto pasaba por las casas de los morosos pero siempre obtenía la misma respuesta, venga usted mañana, hasta que se cansó y no fue más.


La cosa es que en la casa de mi abuela estaba el piano, que no era el piano de mi abuela sino más precisamente el piano de la profesora de música de la escuela. Y además del piano, había partituras, muchas de ellas todavía conservadas en mi depósito de papel anexo y una pequeña parte en la biblioteca. Pero un día mi abuela se debe haber cansado de ser la viajera profesora de piano de la escuela, y se transformó en ama de casa a tiempo completo, y el piano tuvo su primer silencio. Pero rápidamente llegó una persona que le cambió la vida a esta historia del piano, y esa fue mi madre, que siendo una niña y quizás por orden de su madre, fue a lo de una profesora que le enseñó una de las cosas de lo que las niñas debían saber: tocar el piano.
Así que fue así, de repente, mi abuela dejaba paso a mi madre en la posesión de un mueble musical moderno. Mi madre tenía una amiga que también estudiaba piano, el tiempo diría quién sería la más pianista de las dos, pero en esa época no se competía por estas cosas.
Estamos hablando de los años 60.




un mueble al costado de un volquete

Esta es la historia de mi piano. Que es la historia de parte de mi familia. Que es la historia de mi persona orbitando un instrumento y nunca aprendiendo a hacer algo con él. Que es la historia de mis incapacidades.
Pero es la historia de mi piano, ante todo. Es un mueble robusto, y no es cierto que lo haya dejado al lado de un volquete, pero sí es verdad que a partir de esta semana, oficialmente, lo ofrezco a quien lo pueda querer comprar por un valor simbólico.
Silbónico es el valor que tiene el mueble en la familia, y decir familia es decir la historia de un grupo de personas unidas por algo que suelen llamar lazos de sangre y habiendo tenida una vida más o menos digna y linda, podemos hablar de afecto. Siblonico, no puedo escribir simb´lico con este teclaro, porque resulta que, o bien el teclado o bien mis dedos, no me permiten decir con correcteza la palabra.
Tiemblan de inseguridad mis dedos, pero claro, queda bien, no lo corregiré todo.
Pero no es esta la historia de mis inseguridades, sino la de un mueble que está en mi casa ocupando un lugar quizás preciado, quizás no, pero en definitiva, ocupando el lugar que para siempre será el lugar en donde estuvo el piano. Y no era cualquier piano, era el piano que contenía en su eterno silencio la historia de mi familia, es decir, la historia de varias personas a la vez, reunidas alrededor del piano, con todo lo que eso comporta y significa.




I
Me adueñé del piano unilateralmente cuando entré en la adolescencia. En el pueblo, el gesto de entrar en la adolescencia era doble: una cierta apatía hacia la mayoría de las cosas y un cierto interés por algo que en mi caso fue, puede decirse, "escuchar música".
En verdad, no se entra a la adolescencia de un día para el otro, ni se entra inocentemente. Quizás estaba debilitado por algunas cuestiones que no podía deducir claramente, pero probablemente hayan tenido que ver con algún perfil económico social, pero el día que los pibes que en ese momento eran mis amigos y que se sentaban alrededor de la pileta del club a pasar las horas (o mejor dicho, a dejar correr las horas), entre truco y cosas de la sombra y el sol, y las chicas que no eran todavía claramente un foco de atención, sacaron a relucir una conversación que, como todo coso de la adolescencia, puede resumirse en la crueldad:
-hagamos una banda de rock -tiró uno. El detalle de la crueldad consistía en que no todos los que estábamos formando parte de la conversación teníamos lugar en la banda de rock propuesta. Además, no todos teníamos la posibilidad de comprar el instrumento necesario, pongamos por caso. Me incluyo en la cosa, porque inmediatamente, cuando en el gesto de entrar en la adolescencia alguien es dejado de lado, inmediatamente, casi como en un acto reflejo, busca el modo de hacer lo mismo pero con otra gente.
De a poco, pasado el verano y la angustia, descubrí que en casa estaba esperando, silenciosamente, después de quizás 10 años y 3 mudanzas, el piano. Abrí la tapa, eran las 2 de la tarde de un lunes o un martes, quizás la hora en que es inminente la siesta, dejé caer mis dedos en sus teclas, sonaron las notas, desafinadas, desprolijas, voluptuosas, inquietantes. Rápidamente, en pocas semanas, me transformé en un tormento para todos los que habitaban bajo ese techo. Quizás hubiera sido bueno estudiar el asunto.

jueves, febrero 22, 2018

mingue

una linda damita de concordia
tiene una gata que al dormir la incordia
la gata en pleno vuelo
negaba estar en celo
cuando llegaba al piso no lo mordia

otra gatita llegó a pergamino
y no necesitó cortar camino
su tía la esperaba
comiendo papas bravas
y mirando el sorteo del telekino

y hablando de un agente de rufino
que para poco mucho sabe chino
tenía en las orejas
colgadas dos bandejas
parecían lámparas de aladino

viernes, junio 16, 2017

los restos del asado

Se me juntan los restos de asado en la heladera. Hay unos que tienen varios días, y otros de la última reunión en casa.
No los puedo encarar. Como suelen ser lo único que a veces hay en la heladera, esas veces no me queda otra, y con un poco de mayonesa se hace más llevadero. Pero en la vida en soledad, no hay nada como tener que encarar esos restos tan llenos de significado.
Porque a veces la comida es el significante y la digestión, por ende, es parte de la enunciación. Sospecho de todas las alegrías, que cuando me dejan, cuando el tiempo cede, tienen colores de derrota. Ante esa situación he encontrado un solo aliciente: el gato Pino. Debería, pienso nomás, empezar a comer alimento balanceado para gatos, así nos acompañaríamos definitivamente.
Decía de las alegrías, entonces, porque una heladera que contiene restos de asado habla de una buena vida, de un dulce trascurrir. Un asado y todo lo que supone: la visita al carnicero, la provisión de víveres indispensables entre los que contamos la lechuga, el tomate y el pan, siempre bueno, siempre coherente, la elección del líquido a multiplicar, el acercamiento a la caja del mercado para realizar la transacción por la cual nos hacemos dueños de lo elegido, el pago en sí mismo con la extracción del papel moneda o la tarjeta que puede ser de crédito o de débito y en tal caso la estampación de la firma en el pequeño comprobante del posnet, la salida triunfal del supermercado con el amigo cargando las bolsas con todo el material, las dos o tres palabras previas a la ceremonia del fuego, el fútil salado de la musculatura ausente de lo que en algún momento supo ser un vacuno y que pronto se transformará en el desayuno.
Porque estamos en ayunas, cuando vamos a abrir la puerta a la llegada de los participantes, vamos poniéndonos en ayunas y consecutivamente crece el entusiasmo. Un asado, qué buen momento. Cómo acaricia el fuego, cuando en agosto del hemisferio sur una noche permite con su bendición que nos quedemos al aire libre un rato más sin sufrir. La charla se interesa: el tema favorito siempre son anécdotas y recuerdos de historias que pasaron en diferentes épocas del mundo y que alguno de los presentes no tiene noticias o no conserva en su memoria. A mí me gusta que me vuelvan a contar las historias que ya sé, podría volver a escuchar muchas historias una y otra vez sin cansarme.
Y entonces el paso del tiempo se materializa en una botella de vino que ha perdido su contenido. ¿Por dónde se habrá ido? Un asado es, más allá de la charla y los vaivenes, el momento exacto en que la carne cocida en la parrilla es trasportada a la mesa. Bocas impacientes se apresuran a masticar lo que previamente las manos armadas de utensilios como un cuchillo y un tenedor emparejaron en un instrumento llamado plato, y eso que era un cacho de carne va desapareciendo súbitamente. Ese instante es alegre, y la palabra se transforma explícitamente en elogios. Ni antes ni después, el momento del elogio es la esencia misma de la reunión y, como tal, muchas veces pasa inadvertida. Es el talento del asado, su humildad, que hace que se soslaye el aplauso merecido. Fue él quien hizo el sacrificio, fue él quien trae las ofrendas a esta misa. Él, él. Se merece mi corazón.
Pero una vez que estamos bien llenos bien llenos y no podemos comer más, la demanda abandona a la parrilla y su oferta. Y sigue el diálogo entre presentes sobre ausentes, el vino trae palabras que quizás no debieran ser dichas. Risas, comodidad, la penumbra relaja al equipo. Y ahí, muy cerca, la reja empedernida se entristece porque ya nadie va a pinchar ese trozo. La heladera ahora ejecuta la conservación del alimento que contiene el jolgorio en su memoria.
¿Por qué debería ingestar eso? ¿Acaso no es un sacrilegio que lo compartido sea partido de lo individual?
Esto del asado me lo enseñó mi abuelo. Hacía asados todos los domingos al mediodía para su familia, y eso se cuela, queda ahí como un monumento ante el que se rinde homenaje cada vez que es posible. Yo lo recuerdo haciendo una pira en el piso, directamente en la tierra. Recuerdo la primera vez que miré fuerte al fuego, era de noche. Observé las chispas, eran libélulas que hubiese querido atrapar.
Arrodillado junto a una parrilla inmensa, mi abuelo empujaba con un palo las brasas, con el cuidado de quien sabe lo que hace. Desde ese momento supe para siempre que hay cosas que uno puede hacer sabiendo lo que hace, y que nadie más va a poder hacerlo del mismo modo, porque ese fue el instante en que renuncié para siempre a ser el asador. No entendía cómo funcionaba ese sacerdocio, era demasiado inmenso todo, y ese saber parecía no poder ser traspasado. Desde entonces mi rol fue el del destapabotellas, un talento que pude desarrollar incluso profesionalmente.
Ahí estaba él, en cuclillas, ordenándole al fuego cocinar ese matambre. Esa es la imagen con la que me quedo un rato, y ahora creo en Dios.

lunes, mayo 15, 2017

sólo tu

y al apagarse las luces del salón, cuando todos los camareros han finalizado su labor, tu estás todavía ahí, terminando de limpiar de la mejor manera todo lo que al día siguiente deben volver a usar, y el piso y los baños y todo debe quedar reluciente para que la clientela pueda disfrutar de la mejor atención y el dueño del boliche pueda cobrar también por ese servicio al precio que más le convenga y de eso sacar una parte para pagar por tu trabajo algo que te permita sobrevivir en este mundo ultra archi competitivo, en el que miles y miles de lavaplatos se morirían por estar, los mejores lavadores de platos, el más entrenado pulidor de inodoros del mundo, todos están haciendo fila en este momento para disputarte tu lugar, el que te has ganado a fuerza de disolver detergente en agua y darle firme a los platos, tirar vinagre en la vajilla de plata para que todo reluzca, mojar metros y metros de tela para secar las mejores copas, las que mañana se llenarán de los licores que verás pasar, y no podrás alcanzar, porque tu lugar en el que dispersarte es el rinconcito del bolichín de la vuelta, y tu horario es bien tarde, cuando todo se ha acabado y todos se han ido a casa, y tu presupuesto el de una lata de cerveza bebida desde la lata.

jueves, mayo 11, 2017

puro ruido

lo bueno de ser un profesional es que uno nunca se podría quedar sin trabajo, y por ende, sin pan y techo. Un ser humano respetable necesita techo y comer todos los días, y eso es un derecho. pero además, trabajar, aunque a veces parece una esclavitud, no lo es en absoluto.
He lavado los mejores platos del mundo y puedo decir con certeza que no hay nada mejor que dejarse llevar por el poder de la mente mientras uno está en el trabajo. Son los momentos de mayor creatividad, en que la mente revolotea y alcanza lugares impensados. es por eso que en el ámbito del trabajo se han gestado las grandes revoluciones.
ahora los juegos electrónicos parecen que tienen el mismo efecto, pero no es así, porque al final de juego, no queda nada, ni el pensamiento ni el juego. en el trabajo queda el plato limpio que es un símbolo de un pensamiento. y si el pensamiento era "hagamos la revolución ya mismo" el plato limpio tiene el valor de toda esa revolución, aun cuando el primer gesto sea romper el plato.

miércoles, mayo 10, 2017

el mundo es un pañuelo, qué atrocidad

qué lindo es hablar en otros idiomas. pero para hablarlos, primero hay que aprenderlos. Y la mejor manera de aprenderlos, muchas veces, puede ser desde la bacha, lavando, fregando como dirían algunos colingueros.
Desde allí se pueden llegar a comprender, rápidamente, diría en semanas, los misterios de la pronunciación, los detalles de la oralidad, los vulgarismos. Primero entra la sintaxis, luego la gramática completa, para que por último ingrese la misteriosa y abundante y siempre nueva semántica.
Una palabra puede significar tantas, y con una esponja con detergente en la mano, aún más. Pero hay algo mejor que una palabra en otra lengua, y eso es una frase entera en otra lengua.
Les aseguro que esa experiencia es tan inolvidable como la nueva lengua aprendida. Porque en las cocinas, donde están los lugares en que generalmente también se lava, se habla mucho. Y es cierto que nadie en el mundo es tan esclavo como para trabajar todo el día y no volver siquiera a ver un rato de tele a su alojamiento. La televisión también ayuda en esos casos a aprender lenguas, pero la experiencia laboral es lo que más concretamente enseña.
No hay como recibir un nuevo buen insulto en la mañana, temprano, cuando el día parece decisivo. Uno no entiende bien si el insulto es con la madre de uno, o con uno directamente. Pero está garantizado el aprendizaje.
Muchos se pasan la vida estudiando idiomas, otros hacen colas en los consulados para tener ciudadanías, y otros valientes arrancaron en la época difícil y se fueron a probar suerte así como estaban.
Cuando la cosa está dura, como suele pasar, todos se acuerdan que lavar platos no es, en definitiva, tan denigrante como algunos soberbios expresan. 

se vienen los plateros

el lavado de platos es un oficio como cualquier otro. después de haber lavado platos profesionalmente tantos años puedo decir que son tan buenos los platos de aquí como los de allá, y si bien aun pueden ser clasificados de muchas maneras, como demostraré, en el fondo un plato siempre es un plato, y lavarlo una actividad, además de higiénica, piadosa.
Platos, platos, hay de todo. El que lava platos, no lava solo platos, también lava ollas, utensilios, cantidad de herramientas que van variando de país a país. Un lavador de platos no puede decirse profesional si no hizo su correspondiente pasantía alrededor del mundo, por lo que esta experiencia ayuda a profundizar los conocimientos no sólo de los rudimentos básicos tanto del lavado como de lo por lavar, pero sobre todo de las costumbres menos pensadas de las culturas tanto lejanas como cercanas.
Es inimaginable el nivel de diferencias entre dos culturas que se parecen mucho, que tienen entre sí historias comunes. Los detalles se pierden, pero se pueden recuperar también. Por ejemplificar, una comparación atendible parecería ser Buenos Aires y Montevideo, pero esa comparación no sospecha que aún mejor sería un contrapunto entre la cultura de Buenos Aires y la de La Plata, por no decir La plata y san Pedro, y por no decir San Pedro con campana o con ramallo. Así sucesivamente, podríamos llegar a contrapuntear a Jujuy con Salta, y luego a Mendoza con Maipú.
Es increible.
yo se las voy a dar, a todas esas se las voy a dar en lo que siga, acá, en se vienen los plateros.